Últimamente, y demasiado a menudo, me vienen a la memoria los ojos de mi abuelo. Aquellos ojos húmedos y emocionados, con la vejez se le acentuó esa característica, que cada vez que me llevaba a Sarriá relucían y me llenaban de satisfacción. Su nieto mayor se salvó de las garras del pensamiento único y cogido de su mano cada quince días emprendía un camino hacia una amalgama de sensaciones únicas.

Quizás sea también por deformación profesional, quizás, pero recuerdo los aromas que destilaban de aquellos bares, acordes misteriosos que fluían de los carajillos, de los puros y “caliquenyos”, de los bocadillos de Frankfurt entremezclados con las bocanadas de notas herbáceas procedentes del césped (cuando lo teníamos), del famoso “al rico chiclé caramelo” del vendedor ambulante de chuches, de los tenderetes en los aledaños del estadio con banderas y bufandas…

Con los años comprendí, que aquellos ojos húmedos de mi abuelo  no eran sólo por ir a ver un partido de fútbol, eran el reflejo de un sentimiento brutal, de una satisfacción por sentirse diferente, del orgullo de ver que “aquest nano cada cop que anem a Sarriá, es el més feliç de tots” (como acostumbraba a decir antes de cada comida pre-futbolera) seguía sus pasos en la defensa de unos colores y unos valores.

Y con los años también aprendí que todas esas sensaciones y sentimientos, todas esas virtudes y también esos defectos, toda esa historia relacionada con el RCDE únicamente se puede respetar y abanderar con similares, con gentes con un AND igual de loco, igual de alterado, igual de osado e igual de incomprensible, pues si no es así, es del todo imposible transmitir y enterarse de algo.

Me imagino hablando con mi abuelo, y explicarle que, por ejemplo, el Betis está dirigido por socios sevillistas, o decirle que simpatizantes del Real Madrid  están gestionando al Atlético o al Barcelona,  o que el Torino está administrado por aficionados de la Juventus. Pero no me imagino los ojos húmedos y emocionados de mi abuelo, al explicarle que “su” RCDE está regido y conducido por aficionados del “otro equipo de la ciudad”… o quizás si me los imagino, pero estoy seguro que esas lágrimas serían de indignación, pena, incredulidad y quizás hasta de hastío. Ignoro nuestro futuro como entidad, pero lo que no deseo ignorar es que no exista ningún otro ADN loco, osado y alterado que sea capaz de llevar nuestras riendas blanquiazules.

Ciertamente, la vida ofrece muchas sorpresas, desagradables unas y agradables otras, de estas últimas es la oportunidad que Robert Hernando me ha dado para escribir en esta “La Contra Deportiva”. Agradecido por ello, estoy.

Carlos Bosch Marti

Socio RCDE 1.377