Los resultados del estudio son concluyentes: por cada 3.790 turistas que visitan nuestra ciudad y visten una camiseta del Barça, uno luce la elástica blanquiazul. Cierto que el Barça es un club de gran proyección internacional y el nuestro es de ámbito más doméstico, que en cuanto a masa social, palmarés y capacidad para manejarse ante las instituciones media un abismo entre ambos. Hay mayor equilibrio entre el Real Madrid y el Atlético, el Betis y el Sevilla o el City y el United. Pero sólo la contrastada torpeza de nuestros gestores y su acomplejamiento ante el poderoso vecino explican la irrelevante presencia de nuestro club en las calles de la ciudad.

Las estadísticas del año 2016 para Barcelona, último ejercicio cerrado, arrojan un balance de 8.303.000 turistas alojados en hoteles, descontados otros hospedajes. Nos ceñiremos a ese dato para hacer un cálculo prospectivo y construir una hipótesis, acaso aventurada, pero verosímil.

Contando con que el tirón del fútbol es sensacional, el primer fenómeno de masas a escala planetaria -exceptuando los grandes éxitos musicales de Nuria Feliu y la apoteósica gira mundial de Artur Mas en pro del tedioso procés-, a la mitad de esos visitantes, algo más de 4 millones, les chifla el fútbol. Y a un tercio de esos 4 millones les gusta tanto que son capaces de comprarse una camiseta de un club de la ciudad que visitan. No vamos a negar lo evidente, el equipo más representativo, más emblemático y con más rutilantes estrellas en su plantilla, se lleva el gato al agua… entre otras cosas porque dispone, además de la fama a su favor, de numerosos puntos de venta oficiales y sus artículos se exponen en multitud de comercios. Es más difícil caminar y respirar al mismo tiempo que no tropezarse con los colores del Barça en un escaparate.

De ese casi millón y medio de turistas dispuestos a comprarse una camiseta de fútbol, sólo por llevar la contraria a la mayoría, marcar estilo y diferencia, por demostrar que sus conocimientos de fútbol exceden la típica charla de las eliminatorias finales de la Champions, una considerable franja de entre un 3 y un 5 por ciento de entendidos, de exquisitos, de outsiders, elegirían, por qué no, la camiseta perica. A fin de cuentas el Español es un histórico de una liga tan potente y apreciada como la española.

Pero no tienen ocasión de hacerlo porque no hay una sola tienda del RCDE en la cuadrícula de calles del centro de Barcelona por donde pasan y pasean a diario decenas de miles de esos turistas. Tenemos, estoy seguro, nuestra cuota de mercado, pero nos falta montar la paradita. Los catalanes, tan dados por tradición a la venta, al mercadeo, institución angular de la civilización humana, si somos pericos, mira tú por dónde, no sabemos de dónde sacar un puñado de euros para alquilar un local en Las Ramblas, en la calle Pelayo o en Puerta del Ángel. Parafraseando a Unamuno: ¡Qué vendan ellos!…

Lo confesamos: no existe el estudio citado al comienzo de esta reflexión… pero tampoco hay camisetas, salvo que uno se deje caer por la tienda, tan céntrica, de Cornellá.

Javier Toledano Ventosa

Perico de Los Palotes

Peñista en Doctor Gert