Quien más o quien menos conserva en su memoria pequeños triunfos deportivos en el patio del colegio: un gol decisivo, un regate imposible, una humillación a la estrella del equipo rival. Igual que la memoria magnifica esos pequeños triunfos de nuestra infancia o adolescencia, los logros de nuestro equipo de fútbol tienden a hacerse más grandes con el paso del tiempo. Este mes de abril de 2019 se cumplen veinticinco años del ascenso a primera del RCDE, por lo que merece la pena reivindicar los méritos de una plantilla que tuvo que trabajar duro frente a afanosos rivales como el Marbella, el Palamós, el Compostela, el Betis o el Burgos, hasta lograr la recompensa de volver a primera división.
Entre los protagonistas del ascenso nos encontramos a nombres como Toni, Galiamin, Mino, Mendiondo, Francisco, Kutznesov, Lardín, Eloy, Korneiev, Fonseca, Arteaga, Roberto, Albesa o Torres Mestre; todos ellos, con mejor o peor fortuna, representaron una página importante en un club que todavía venía tocado de la final de Leverkusen, varios años después del desastre. Tras el pitido final del extremeño Carmona Méndez, la victoria en casa frente al Cádiz por un contundente 4-0 (dos goles de Lardín, uno de Fonseca y otro de Korneiev) convierte el cesped en una improvisada fiesta de jugadores, cuerpo técnico y directiva, que continuará en los vestuarios, mientras todavía en las gradas, en el Gol Sur, se podía escuchar a miles de personas cantando “Sarriá entera quiere borrachera”. Perelló acaba levantado a hombros por los jugadores en el cesped y Eloy corre a la grada para celebrar el ascenso con su pareja, en una instantánea que nos hace recordar aquel fútbol con rejas que separaban al público del campo de juego.

Si no estoy equivocado, el partido coincidió con la festividad de Sant Jordi, el día del libro.
En la segunda foto que acompaña a éstas líneas, sacada de la hemeroteca de un medio deportivo de la época, vemos al trío de rusos brindando con sus copas en la cena posterior al ascenso: a la izquierda, Kuztnesov, perfectamente integrado; en el centro, Korneiev, perfectamente ausente; a la derecha, Galiamin, con una media sonrisa de circunstancias, consciente de que esa noche le va a tocar conducir a él.


(Breve paréntesis para recordar que hubo un cuarto ruso en aquel RCDE, se llamaba Andrei Moj y acabó cedido en el Toledo).
Al contrario de lo que podría pensarse, aquel mes de abril no empezó nada bien para el RCDE, que sufrió mucho hasta lograr los puntos necesarios. Tras sendos empates ante el Badajoz a domicilio y el Barça B en casa, el entrenador del momento, José Antonio Camacho, había recibido severas críticas por parte de un sector del club y parte de la afición, que no acababan de confiar en su desempeño con el equipo. Fútbol a un lado, la situación política, como ocurre hoy mismo, veinticinco años después, seguía marcada por la tensión, el enfrentamiento y la discordia. Aquel fue también el año del Joventut, que se convierte en el primer club catalán en conseguir el máximo título continental en baloncesto, tras vencer al temido Olympiakos de los Paspalj, Sigalas y Fassoulas en Estambul.

Quizá porque hoy todo pasa muy rápido, echamos más de menos aquel fútbol en el que los títulos se saboreaban mejor y más despacio; incluso un logro relativamente modesto como el retorno a primera división aquel 23 de abril de 1994, nos parece hoy algo emocionante y digno de recordar. La temporada siguiente, la 94/95, ya en primera, sería la de Raduciou, Pocchetino o Brnovic. El equipo acabaría sexto, rozando la clasificación para la UEFA, pero como dice el trilladísimo lugar común, esa ya es otra historia.

José Miguel Gala

Perico y madrileño, autor de “La maldita vida futbolística de Wolfram Wuttke”

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