“Que lo vendan a cualquier equipito, por ejemplo, al Espanyol”, fue lo primero que oí al poner un pie en el autobús. No eran ni las siete y media de la mañana: los imbéciles también madrugan, pensé. Pero, contra todo pronóstico, la conversación de aquellos chicos sobre Mascherano, terminó alegrándome el madrugón. “Al Espanyol déjalo tranquilo hasta el sábado y da gracias del empate de ayer porque ya lo veía en Europa, el año que viene será inevitable”, le respondió el otro. No pude evitar reírme cuando el primero, un chico muy soberbio,  sentenció muy indignando: ¡la culpa de todo la tiene el chino!

Han pasado muchas años desde que fui al último Derbi. Por aquel entonces, aún no habíamos llegado a la cima del abismo, pero el enfermo ya tenía mal aspecto. Pero yo, que no tendría más de dieciocho años, todo lo veía posible. Es lo que tienen los diecitantos. Aunque vivía lejos de Barcelona, a menudo iba con mi familia al campo. Pero en aquella ocasión, no hubo forma de convencerlos. Yo estaba empeñada en ir, así que invité a un amigo, bastante amigo. El plan no me podría haber salido más redondo, al final, iba al partido y, sin desmerecer a nadie de mi familia, la compañía había mejorado mucho. Al poco rato llegó el primero, después el segundo, el tercero y hasta el cuarto. Yo miraba la cara de felicidad contenida de mi amigo y, sinceramente, ya no me parecía tan guapo. Salimos del estadio y empezó el cachondeo, así que aproveché que fue a buscar el coche para, muy desencantada, llamar a mi tío, que tardó en responderme medio segundo. Con el tiempo, entendí porqué aquel día nadie de mi familia quería ir al partido, simplemente, porque no había. Pero tampoco había forma de decirle a una cría de dieciocho años, a la que has enseñado a querer este escudo, que no vaya porque va a ser un paseo. Así que lo único que podían hacer era dejarme ir y no despegarse del teléfono, para cuando llegara mi llamada de socorro. A los dieciocho años, que el Barça nos metiera cuatro y desenamorarme, todo en noventa minutos, entenderán ustedes que fue traumático.

Anécdotas aparte, esto ha sido muy complicado. Pero ahora no es el momento, mañana tenemos una cita importante. Si de algo no tengo ninguna duda es de que van a sudar nuestra camiseta hasta el último segundo. Así que, para conseguirlo, habrá que repartirnos el trabajo: ellos van a jugar en el campo y nosotros vamos a hacerlo llenando, literalmente, el estadio. Porque ahora, más que nunca, nos sobran las razones para hacerlo. Porque creemos en nosotros y ¿recuerdan a los chicos del autobús…? Parece que no somos los únicos. Porque este grupo, empezando por el Míster y pasando por todos y cada uno de ellos, se lo merecen. Porque con su esfuerzo, buen hacer, y trabajo diario, nos han devuelto un poco de todo lo que nos robaron. Porque mañana tenemos la oportunidad, y no vamos a desaprovecharla, de decirles: gracias, Equipo, estamos contigo. Porque vienen a nuestra casa y se han acabado los paseos. Porque si alguien se alegró de nuestra agonía o nos creía muertos, se equivocaba, solo estábamos heridos. Porque somos pericos y siempre nos levantamos. Porque lo mejor está por llegar y vamos a construirlo todos juntos. Porque en abril de 2017: el Derbi, ha vuelto.


Carme Castell

Socia del RCDE, periquita de les Terres de l’Ebre

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