Budapest es una ciudad maravillosa. Si algún perico, siempre que disponga de medios y tiempo, se anima a acompañar al equipo en su desplazamiento a Hungría para enfrentarse al Ferencváros, no se arrepentirá de la visita. Tiene Budapest ese encanto de la Europa danubiana que apreciamos en Viena, y, un poco más allá, en Praga. No en vano esas tres capitales configuran un circuito turístico muy promocionado por las agencias de viajes. La historia de Budapest y, por extensión, de Hungría, y aún de toda esa región continental, es fascinante. Dramática, pero fascinante, pues las historias apacibles, sin episodios tumultuarios, nos dejan indiferente. Es así la condición humana.

A lo que vamos, pues es este palote no pretende ser una crónica viajera, aunque deslice algún consejo, como sacar entrada en el balneario Széchenyi, con sus piscinas exteriores de agua climatizada. La cuestión es que en muchos comercios, el turista que apetece fútbol, verá un montón de camisetas expuestas en los escaparates. Y es que Budapest aporta varios equipos de relevante trayectoria al campeonato magiar: Vasas, Ferencváros, Hónved y Ujpest Dosdzá, además del MTK, cuya existencia ignoraba. Comoquiera que algunas de las camisetas me parecieron bonitas y un buen “souvenir” para traerme a casa, exceptuada la del Vasas por su similitud con la del “club de los valores”, me dije que podría comprarme una. Me inclinaba por la del Ferencváros, que es una de mis favoritas, a franjas horizontales verdiblancas, como la del Celtic de Glasgow o la del Sporting de Lisboa, pero al punto pensé…

… “¿Adónde vas, marmolillo?… no sabes una palabra de húngaro, que es una lengua rarísima de origen uro-finés, nada menos… sólo sabes decir “palinka” (un aguardiente local parecido al orujo, de varios sabores e imprescindible cata) y “pivo” (cerveza… que ni siquiera es húngaro)… no estás familiarizado con los nombres, los letreros comerciales, ni con los escudos de esos clubes. Imagínate que compras y te pones la camiseta del Ferencváros y para hacer un alto en el camino (el oficio de turista es duro y fatigoso) entras en un bar a tomarte un cañita de “pivo”, digo, de cerveza, y sin saberlo te has colado en el local social de la peña más radical del Hónved, con la rivalidad que hay entrambas aficiones y la tirria que se tienen. Y te regresas al hotel con las orejas calientes. No te la juegues.”


¿Qué hice para zanjar el asunto? Fácil, me quedé la sudadera de la selección nacional, que también me entró por los ojos. Ni “pa” ti, ni “pa” mi. No sé nada de húngaros que odien a Hungría, a diferencia de lo que sucede en España, donde son legión los ciudadanos españoles que reniegan, en su fuero interno, de su nacionalidad legal (no de las ventajas que puedan obtener de ella), o la odian abiertamente y detestan todos sus símbolos nacionales… claro es, con fluctuante densidad de “íntimos renegados” o “declarados odiadores” según localidades y regiones. Luego, pasear por Budapest con una sudadera de la selección húngara no entraña riesgo alguno. En cambio, en España, según por dónde y con quién te cruces, lucir la elástica nacional es un pasaporte directo a Urgencias. España es el país de Occidente que tiene el dudoso honor de contar con más “nacionales” renegados. Es un dato objetivo… una pena, sí, pero es lo que hay.

Empatamos al Ferencváros en la ida en la segunda parte, tras unos primeros 45 minutos verdaderamente soporíferos (un “déja vu” que tuvo continuación días después contra la Real Sociedad). No es que el campeón magiar sea una maravilla, pero el “ricitos” Isael y Nguen, un extremo “racializado”… (según quiere Colau que digan los funcionarios
municipales, por cierto… ¿Qué diantre es eso de “racializado”?)… se bastaron ellos solitos para hacernos “pupita” a la contra.

Me admiró la disciplinada animación de los aficionados húngaros. Más de mil llenaban el quesito superior de uno de los córneres de El Prat. Pocas banderas, todas ellas fijas sobre el vallado y ni una sola ondeando. Se movían como un solo hombre y lanzaban un alarido grave y acompasado, “ahú, ahú”, como los espartanos de Leónidas en “300”. Nada que ver con el estilo autóctono: dos peñas de animación a la gresca, cada una haciendo la guerra por su cuenta, tapándose cánticos entre ellas y enarbolando docenas de banderas, muchas de las cuales son, además de una chufla de diseño, prácticamente irreconocibles para el aficionado medio del RCDE. En fin, perico viajero… si no conoces Budapest, apúntala en tu agenda. Ahú.

Javier Toledano Ventosa

Perico de Los Palotes

Peñista en Doctor Gert

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1 COMENTARIO

  1. me entran ganas de visitar budapest, desde luego, pdlp… pero al paso que vamos el año próximo visitaremos gijón, las palmas, gerona o albacete. los chicos hoy lo han dado todo (primera parte), pero no salimos del pozo… dios mío, necesitamos un milagro ya, intercesión divina…

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