Los españolistas vivimos momentos de angustia deportiva. Son muchas cosas las que nos jugamos y la plantilla actual tiene en sus botas el futuro de uno de los clubes más genuinos de la historia del fútbol, el RCD Espanyol.

En un momento de recesión económica que se cierne como brutal, muchos clubes poderosos están en profunda debacle. El máximo exponente, lo tenemos muy cerca. Son nuestros vecinos culés que se encuentran como un jabalí mal herido y, por ende, muy peligroso.

Josep Maria Bartomeu, antes de dejar su inolvidable presidencia, sacó a relucir lo que hasta ahora era un secreto a voces: el proyecto de la Superliga Europea. Sus palabras fueron: “La Junta Directiva ayer aprobó la aceptación de los requerimientos para participar en una Superliga Europea, que es un proyecto impulsado por los grandes clubes de fútbol en Europea. Un detalle de estos requerimientos estará a disposición de la próxima junta y la decisión sobre la participación en esta competición tendrá que ser ratificada por la próxima asamblea de compromisarios (…) La Superliga Europea de clubes garantizará la sostenibilidad económica del club y que siga siendo de los socios. Nunca una sociedad anónima deportiva. Jamás”.

A los pocos días el Presidente de la UEFA, Aleksander Ceferin, salió al paso declarando que: “Para mi la Superleague está fuera de cuestión. Es el sueño de dos o tres administradores de fútbol en Europa, a esos son a los que les da igual la solidaridad. Les da igual todo lo que no sean ellos mismos, dañarían incluso a sus clubs, pero probablemente no lo saben aún. La idea no es una idea muy seria. Ha emergido por la cesión del expresidente del Barcelona, pero yo creo que era más una idea populista o política más que una idea seria».

Cuando el río suena, agua lleva y aunque ayer nos parecía una idea peregrina, la magnitud de la crisis económica causada por el Covid-19 podría llevar a consumar el inicio de una Superliga en detrimento de la UEFA y las Ligas Nacionales. Es evidente que el pastel económico se ha hecho más pequeño y aquellos que necesitan comer más pueden tener la tentación de querer comérselo todo.

A los ideólogos de la Superliga les importa un comino la mayor brecha financiera que se produciría entre pequeños y grandes clubes. Su objetivo es acabar con el fair play financiero, como el gánster que quiere comprar a la Justicia. Clubes que pretenden el monopolio para sí mismos.

Al dirigente cortoplacista -probablemente con “rol egipcio” – el efecto pobreza sobre la mayoría que acaba dañando el interés propio le importa un comino y puede causarnos un tremendo daño.

No olvidemos que muchos probables actores de este posible circo ya se han quitado la careta de la vergüenza. Así, la Mediapro de Jaume Roures y Tatxo Benet -a los que la Generalitat colman de oro con el dinero de nuestros impuestos- admitía hace pocos días haber pagado cerca de 25 millones de dólares a la Justicia norteamericana como multa por haber sobornado a dirigentes de la FIFA.

Es perentorio regresar cuanto antes a la primera línea deportiva para alzar la voz y defender nuestros intereses ante lo que puede ser un ataque de altura al futuro de nuestra institución.


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