Un equipo de fútbol en la máxima categoría corre el riesgo de descender a Segunda. Obvio, cada año bajan tres y, el Espanyol no es de los privilegiados como para que resulte improbable un descenso. De hecho, en los últimos años ha estado flirteando peligrosamente con él en más de una ocasión. Recuerden el llamado “Día del Murcia” , el “Gol de Coro”, o el «Milagro de Pochettino» entre otras recientes epifanías asombrosas y salvadoras.

Pero, lo que no se puede nunca, jamás, cuando hablamos de una camiseta histórica de un club centenario es arrastrarla de una forma tan vil, rastrera y mezquina como ha hecho la plantilla actual, si quieren ustedes salven a alguno de ellos, porque generalizar siempre resultará injusto. No obstante, en su groso modo, la mayoría de los futbolistas de esta plantilla son indignos de volver a vestir la zamarra blanquiazul. La misma que vistieron: Zamora, Canito, Marañón, Arcas o Di Stefano. La que durante más de cien años han defendido hombres de toda condición y procedencia, con orgullo y honor. Una entidad que en la mayor parte de su historia ha sido dirigida por señores de Barcelona como los Prats de la Riba, Don Francisco Javier Saenz, Josep Fusté, Don Manuel Meler, o Don Francisco Perrelló, por citar a algunos de ellos ha caído en manos de una propiedad que simplemente no la siente, ni la sentirá nunca, por mucho dinero que ponga o deje de poner.

Ayer, frente al Leganés se consumó la ignominia. Nunca una plantilla de fútbol del primer equipo del Espanyol había provocado tanta vergüenza ajena e incluso, lo peor de todo, tanta indiferencia a la parroquia. Aún, a sabiendas que ganar ayer habría alejado al Espanyol de la posibilidad de ser descendido en el terreno de juego del eterno rival, los protagonistas no dieron la cara por lograr una victoria, para maquillar un poquito de nada, su nefasta temporada. Cuatro entrenadores son más que suficientes para darse cuenta de que los culpables están en la en césped y, por supuesto, en la planificación deportiva, encabezada por el ahora entrenador, Rufete.

Un Rufete que ha perdido ya todo el crédito (si es que le quedaba alguno), para planificar la próxima temporada. Pero, como el Espanyol es el único club que cae una y mil veces en sus mismos errores, mientras lo acaba de trinchar todo va contratando gente de su confianza para dirigir los designios deportivos futuros de la entidad. Entre otras cosas los de la cantera, que no es poca cosa para un club como el nuestro, que debería basar en ella su futuro como lo hizo mientras Josep Manel Casanova estuvo al frente y mando. Cuanto se le echa de menos.

La falta de liderazgo en los despachos y el campo han condenado al Espanyol a la miseria más absoluta. Con un presidente indolente a miles de kilómetros del club que es de su propiedad e incapaz de rodearse de hombres de fútbol y pericos de corazón, la tragedia estaba servida más pronto que tarde en bandeja de plata para regocijo y disfrute de nuestros enemigos.

La única esperanza que algunos albergábamos para que todo fuese un poco a mejor, había sido la reciente llegada a los despachos de un perico de corazón, con sobrada y contrastada experiencia, además, de éxito en el difícil mundo del fútbol, José María Durán. Sin embargo, que unas de sus primeras decisiones haya sido otorgar todo el mando deportivo al artífice principal del desastre, que no es otro que Rufete y, renovar a Javi López, es desalentador. Normal que alguno esté por la labor de salir corriendo y no volver a mirar nunca más hacía atrás.


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