Leo en LCD que un periodista del diario digital “El Nacional” felicita al destituido Pablo Machín “por dejar al RCDE colista y a cinco puntos de la salvación”. El interfecto obedece al nombre de Nicolás Tomás. Su comentario, contrariamente a lo que pudiera parecer, no escuece, se agradece, y diré por qué. Su inamistosa intención es clara: echar sal en la herida, pues nuestro club, por juego y resultados, interpreta a la perfección la temporada más calamitosa que se recuerda.

¿Por qué se agradece? Vaya por delante que el consuelo tantas veces argüido de “ladran, luego cabalgamos”, es un latiguillo que causa cierta fatiga, pero algo de eso hay. Hoy el RCDE no es un club competitivo, especialmente si lo comparamos con el club vecino, montado en el euro y en el “establishment” del régimen dominante. En cuanto a palmarés y masa social, respaldo periodístico e institucional, nuestro Español no puede medirse con el autodenominado “club de los valores” sin salir trasquilado. Eso salta a la vista.

Se entiende, por justicia poética, que los aficionados de los clubes modestos celebren los tropiezos de los clubes poderosos. Esos episodios infrecuentes restituyen cierto equilibrio a la marcha del universo balompédico, pues los grandes, lo son, en virtud de la existencia de otros a cuyo lado destacan. Elatos, ufanos, pagados de sí mismos, rara vez lo comprenden y altivos se recrean en su soberbia y autosuficiencia mirándose el ombligo y despreciando olímpicamente a los demás.

Lo que a priori no se entiende es que los aficionados del club hegemónico, sea el caso de nuestro amigo Nicolás, presten tanta atención a un club de registro más humilde, hasta el punto de babear copiosamente pensando en nuestras desgracias. Quiere decirse que nos tiene presentes a diario, no en sus oraciones, pero sí en sus maldiciones. Y mejor que la indiferencia, para la autoestima de uno mismo, es el odio, si no puede ocupar un amoroso huequecito en el corazón del “odiador”. El día en que esa malhadada tropa deje de meternos el cuerno porque nos den por amortizados, miau, mala cosa… es que ya no existimos o no tenemos ni peso ni cuajo suficientes para amargarles la existencia.

Para Nicolás, los méritos de Machín consisten en haber subido a primera al Girona (de la ciudad de Gerona) y metido al RCDE en una espiral conducente al descenso. No hay que llamarse a engaño, es el de “Nico” Tomás el sincero deseo de un importante segmento de nuestra cainita sociedad. “Nico”, y tantos otros como él, nos quieren en segunda o, mejor aún, desaparecidos. Para muchos de nosotros, conscientes de lo que es y representa el Español, sabedores de con qué gentuza nos jugamos los cuartos, llueve sobre mojado. Pero en esta concreta encrucijada histórica y social, ese comentario duele, y mucho, me temo, a los pericos que comulgan con la música de fondo que suena en todas partes, incluido el Palau de la Música, concierto de San Esteban, con gran profusión de lazos amarillos y banderitas estrelladas.

En un ejercicio de empatía me pongo en su pellejo y percibo que el régimen nunca les aceptará, por muchos aspavientos que hagan, por mucho que gesticulen, griten, clamen o lloren. Siempre estarán de más. Y eso para uno mismo es duro de digerir. Por influjo cinematográfico, siempre que pienso en esos pericos afectos al estado de cosas que promueven los “Nicolás Tomás” de este mundo, me viene a las mientes el borrachín de Dean Martin, al que, en “Río Bravo” ponen a prueba los matones de turno echando un dólar de plata en la escupidera. Confían en que a ese pinchaúvas le podrá su afición al bebercio y se rebajará a hurgar entre los salivazos para echarse un trago al coleto.

Son, proclaman airadamente, “tan pericos como tú”, y eso no lo pondré yo en duda, pues qué sabe nadie (que diría Raphael) de sus íntimos afectos, de sus secretos y quebrantos… pero es triste ver cómo guardan silencio, la mirada huidiza, cuando topan con la realidad hostil de esas declaraciones de los “nicolases”, que los hay a millares y representan el discurso oficial del régimen al que sirven, comiéndose en silencio su enojo, con un trapo al hombro para limpiar a fondo, lacayunamente, las salpicaduras, la cochambre que dejan los señoritos culés en las habitaciones del lupanar. Uf, qué horror, no me quedo en su pellejo ni un segundo más, ni por empatía ni por todo el oro del mundo… que la frustración es contagiosa.

Javier Toledano Ventosa

Perico de Los Palotes

Peñista en Doctor Gert


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