¡Goooool!… cantamos cuando nuestros chicos perforan la portería rival. No sería cosa extraña que, por deformación profesional, los futbolistas celebrasen con ese alarido festivo la suerte suprema de la consumación “marital”, bien sea junto a su legítima esposa, junto a su novia, o junto a quien fuere, que en eso no voy a meterme. Es sabido que el gran tenista John McEnroe clamaba desaforadamente, con la voz quebrada, “la bola entró, señor juez (de silla)”… en esas mismas circunstancias.

Cuando un futbolista está “embarazado”, se entiende que en la persona de su pareja, y marca gol en el terreno de juego, agarra la pelota y la guarda bajo la camiseta simulando la oronda gravidez del embarazo… es una convención mímica universal. Sucede que hace mucho, pero que mucho tiempo, que no veo a uno de mis chicos hacer ese gráfico gesto. Es evidente que para verlo han de confluir dos circunstancias: la primera que el jugador de turno haya “goleado” en casa y su pareja esté encinta. Y segunda, que ese mismo jugador acierte cara a portería, se entiende que la rival, pues hasta la fecha nadie ha celebrado con euforia un autogol.
No es fácil que se concierten ambas condiciones simultáneamente. Y menos, en nuestro caso, pues nos cuesta Dios y ayuda marcar. Somos uno de los clubes con peor balance anotador del campeonato, a pesar de Gerard Moreno antes, y de Borja el Panda Iglesias, ahora. En suma, si no entra la pelotita, se resiente el índice de natalidad.

Nuestros chicos, pues, se han de poner las pilas. No sé si es cosa de la puntería o de la dieta, que me andan flojos y desganados, o de ambas cosas a la vez. Pero hay que dar con un remedio ya mismo. Por otro lado, y no quiero parecer un moralista en tan pantanoso terreno, pero en estos tiempos actúan factores unas décadas atrás desconocidos. Me explico.
Hay expertos, y otras voces coincidentes, que sostienen que sólo a partir de la decimocuarta semana de la gestación se puede hablar en justicia de un nasciturus humano. De su propio aserto se infiere que hasta entonces no hay “ser humano” que valga… en el mejor de los casos hay un ser vivo, pero eso a mucho tirar. Queda dicho: humano, no necesariamente, con lo que el fruto del aparente embarazo podría ser lo mismo un botijo, que un pangolín o, aún a malas y por diagnóstico erróneo, un gas atravesado. No es probable, pero tampoco imposible.
Por una cautela lógica, el jugador que marca gol y está, aceptemos la expresión, “embarazado”, ha de esperar a esa semana crucial, la decimocuarta, para no tener que desdecirse luego. De modo que si marca un tanto, por bonito que sea, de un cabezazo en plancha o de una espectacular chilena, en la semana decimotercera, habrá de abstenerse de la celebración ritual antes consignada: aún no es seguro que esté esperando un hijo perteneciente a la estirpe humana.


Y es que la unidad de tiempo “semana” da de sí, aunque no lo parezca. Muchas cosas y estados de esas mismas cosas pueden mudar sustancialmente en su decurso. Podemos, por ejemplo, pasar de ricos a pobres en una semana, o en un día, en unas horas si me apuran. Enfermar o sanar de esa enfermedad. Casarnos… o divorciarnos. Roger Guasch incluso puede, como un Saulo mendaz camino de Damasco, pasar de acérrimo culé a fingirse perico de toda la vida. O en una semana, la más negra de todas, podemos inmolarnos más de 150 veces seguidas con la audición del mismo LP de Nuria Feliu, si uno tiene cuajo para infligirse castigo semejante.

Las cosas, no obstante, pueden atisbarse distintamente si descomponemos la unidad de
tiempo “semana” en otras menores, aunque la duración final arroje igual balance. Pues 14 semanas son 98 días. Y si el jugador marca gol en el día 97 de gestación, mejor será que no se precipite, pues él espera un retoño cuando a lo mejor el tripulante de la tripa consorte es un alienígena con verdes trompetillas en la cabeza.
Y, de suyo es, que 98 días (14 semanas) son 2.352 horas. Si nuestro ariete golea en la hora 2.351 de gestación, tate, que lo tome con calma, pues según los antecitados expertos eso que vemos en la ecografía no es aún “ser humano”, de modo que echemos el freno, no sea que nos engañen las apariencias. Claro que 2.352 horas (14 semanas) valen por 141.120 minutos. Marcar en el minuto anterior, en el 141.119, y llevarse la pelota a la panza es un riesgo que yo no correría, amigo mío. Los minutos, a su vez, constan de 60 segundos y con la friolera de 8.467.200 tenemos, mira tú por dónde, 14 semanas.

Siguiendo la opinión de esos expertos, el feto en el segundo 8.467.199 de gestación no es “humano”, insisto (por eso ellos pueden “eliminarlo”, juran y perjuran, “sin cargo de conciencia”), de modo que si nuestro delantero va a marcar gol entonces es mejor que retenga el balón en sus pies o remate a cámara lenta, si es de cabeza, como suspendido en el aire en un plástico escorzo, y que la pelota traspase la línea de cal muy lentamente, besando suavemente las redes de la portería para que transcurra ese fatídico y tan decisivo segundo. Lo que un segundo antes no era un ser humano, un segundo después, sí lo es. Mira tú. Y lo que ahora sí, antes no. Y lo mismo te digo una cosa que te digo otra. Que lo mismo da Juana que su hermana. En definitiva, nenes, a sincronizar los relojes y afinar la puntería.

Javier Toledano Ventosa

Perico de Los Palotes

Peñista en Doctor Gert

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2 COMENTARIOS

  1. En el supuesto caso que nuestro jugador esté “embarazado” y con la finalidad de afinar bien el tiempo de gestación deberá tener en cuanta sin dudas el cambio de horario que se producirá el próximo domingo.
    Que hagan números o no, es lo menos. Lo importante es que marquen.

  2. Buena observación. Y a mayor abundamiento, se habla mucho de un cambio definitivo de “huso horario” a instancia de la UE, pero no sabe uno en qué acabará la cosa: dificultad añadida. Coincido plenamente con su apreciación: que lleguen esos goles, mejor a pares, que de lo “otro” ya tendrán tiempo de ocuparse, que son jóvenes y tienen toda una vida por delante.

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