A cuenta de los supuestos chanchullos del Rey emérito los tradicionales prohombres de la superioridad moral ya vuelven a la carga contra la corona de nuestro escudo. No desaprovechan nada. Si por las tropelías de uno tienen que suprimirse las Instituciones quizás podríamos empezar a incinerar, sin ir muy lejos, el Palau de la Música o el mismísimo Fútbol Club Barcelona. Este último fue condenado penalmente y es caso único en el mundo del deporte. Pero no oiga, vamos a cargarnos el escudo del Espanyol que ya se sabe que en esta Catalunya de la excelsa pluralidad los pericos con corona no tienen cabida. Aunque en honor a la verdad, sin corona tampoco, pues aún les quedaría cargarse el nombre.

No hay que saber latín para darse cuenta de cuando acaba la ignorancia y empieza la maldad interesada en estos temas. No hay que enmendar la plana a ningún perico del pasado. Sólo el agradecimiento eterno es lo que se merecen. Juzgar hechos del 1.912 en el 2.020 es cuanto menos osado. A principios del siglo XX se expandía el fútbol de la mano de los ingleses y Alfonso XIII, enamorado de este deporte, decidió facilitar a quien quisiera el título de Real y la imagen de la Corona. El Deportivo de La Coruña, la Real Sociedad, el Sporting de Gijón, el Betis, el Recreativo de Huelva y el Madrid así lo pidieron junto al Espanyol. Con la Segunda República se obligó a todos los clubes a la retirada del término Real. Con Franco -a pesar de que tampoco había monarquía- se permitió restituir su uso.

Así pues, aquellos pericos que solicitaron el título noble y luego pidieron restituirlo no lo hicieron obligados, ni por ser fanáticos borbónicos o por gratitud de favores como ocurrió con las tres medallas a Franco otorgadas por el barcelonismo. Lo hicieron porque el título de Real otorga distinción, historia y tradición. Algo que a los españolistas nos representa y nos encanta. Como nos gusta que nuestros colores sean la imagen del fiel y victorioso almirante Roger de Llúria que tan bien sirvió a la Corona de Aragón defendiendo las tierras catalanas.

Si el blasón de Roger de LLúria encarna grandeza, como no lo va a ser la corona española que empieza con Fernando II de Aragón e Isabel I de Castilla, recordada -entre otras muchas cosas- por decretar la prohibición de la esclavitud en el año 1.500. Esa misma corona que alberga Reyes que han escrito páginas brillantísimas en la historia de la humanidad como Carlos IFelipe IIFelipe III o Carlos III.

Si no hay caso Roger de Llúria no hay caso Corona. El gran problema del españolismo es que en su mayoría somos gentes sin complejos y eso en nuestra tierra se paga. Los pesadísimos revisionistas son los mismos que quieren hacernos creer que hay 131 Presidentes de la Generalitat sólo para tener la lista más larga que los 20 reyes de España en los últimos 500 años. En verdad están tan faltos de Corona que quizás podríamos decirles que la nuestra se debe a Jaime I de Aragón, también monarca de los reinos de Valencia y Mallorca. Seguro que si se tragan que -además de Conde de Barcelona- fue el primer Rey de los Països Catalans, son capaces no ya de dejarnos en paz sino de ponerle la Corona hasta al Girona.

Tomás Guasch LLovensà

Soci 4.706 i Accionista.


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