Tomás Guasch.- Tras años de penumbra, diría otra cosa pero no quiero que me citen en un juzgado, el españolismo vivió por fin un maravilloso día. El inolvidable 18 de mayo. El asunto, ya en la resacosa vuelta a la normalidad, es que el euro reto se las trae y que para andar además por la Europa League -si el equipo supera las tres previas, claro- se necesitará una plantilla muy seria. No seré yo quien le tire de la levita al señor Chen por una sencilla razón: salvó al club del desastre, magníficamente dispuesto por pericos de toda la vida o casi. Dios los vaya perdonando. Y ya con eso…

A Chen hay que devolverle lo puesto. No tengo valor para exigirle. Él sabrá sus cosas, sus posibles. ¿Qué podría echar mano de pericos con ilusión y posibles que no están en el club pero sí en su tuétano? Cierto. Tanto como que su gente, la de Chen, dejó claro en su día que los ciudadanos chinos, cuando mandan, gustan hacerlo solos. Lo dicho: él sabrá.

Pero sí me atrevo a hacer un apunte dirigido a la política social y en concreto, a la locura conejil de cómo captar nuevos socios: con un canto en los dientes me daría con recuperar los 3.800 que abandonaron hace un año. Me cuentan que para entender lo que cada socio o aspirante va a pagar el año que viene, el club va a incluir un simulador en su web. Para entender de golpe y sin ayuda por cuánto sale un carnet hay que ser doctor honoris causa por la Sorbona como poco. En Ciencias, claro. Y a ser posible, Exactas.


Pero el asunto me cansa. Resultaría agotador discutir con buenos profesionales en lo suyo, pero desprovistos en su mayoría de la sensibilidad blanquiazul que jamás tendrá un culé. Y como en eso estamos, Dios les ilumine y el pueblo se rasque el bolsillo a mi estilo: yo pago y no pregunto. Desde que un día descubrí que mi hija, más joven que yo casualmente, tiene un carnet de socio más bajo que el mío. Y aseguro que jamás me di de baja. ¿Misterio? Sin duda. También para el club: pregunté, claro. Nada. No es misterio que el carnet lo pagué cada año. Lo juro por el Panda.

Sí digo también que el Espanyol se encuentra ante otra oportunidad de pisar fuerte en este mundo. Muchas otras se desaprovecharon. La que más, tras la Copa de 2000. Pasó. Fue la pera y la cosa se difuminó hasta caer el club en estos últimos años de indefinición y cansancio. El éxito, pues volver a Europa lo es y grande, ha llegado sin que se le esperara. Ganar tú, que perdiera otro. Pasó. No hubiese sido raro precisamente que, el Espanyol mediante, el remate de Iñigo Martínez allá en Nervión hubiese acabado en gol y no en larguerazo. Pelota en el pecho, bien bajada, rematador desmarcado tan cerca del área pequeña, portero entregado… y a la madera. En la contra, además, gol del Sevilla.

Eso quiere decir algo, seguro. Quiere decir: Espanyol, ahí lo tienes, aprovéchalo. ¡El Espanyol vive! El reto es doble pues: Europa y darle continuidad a esto. ¿Vale dinero? Ya. Y acierto desde el puente de mando. Si así es, oigan, no fastidien: meter 30.000 y muchos mil tíos en el estadio porque el Espanyol vuelve a cuando Tamudo y compañía no es que fuera posible, es que sería lo natural.

El pueblo está necesitado de una alternativa. No ya el pueblo perico que estará siempre. El pueblo. Un Espanyol fuerte y decidido sería otra de esas vitaminas que tanto vamos perdiendo en la sociedad catalana. La ocasión la pintan tan calva como la de Iván de la Peña, tan ilustre. Llegó la oportunidad, es magnífica. ¿La aprovecharemos? Quedamos a la espera.

Tomás Guasch

Periodista 

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