Leo Baptistao es un tipo alegre, un brasileño de libro en cuanto a la samba, pero con la cabeza bastante bien amueblada. Durante estos días navideños el delantero pidió matrimonio a su novia en París y lo publicó en redes sociales. Como mostrando al mundo que su felicidad es infinita.

Una vez charlando con un futbolista de élite, de los que han ganado dinero de verdad, me explicó que pese a tener en la vida muy joven, muchas cosas materiales que la mayoría de los mortales de clase media trabajando toda una vida jamás tendrían, cuando un jugador pierde, lo siente y lo sufre, lo pasa mal de verdad. La derrota no la calma el dinero o los coches caros, o los restaurantes de lujo. Es parte de la grandeza de este deporte.

Muchos aficionados dirán y con razón: Igual o más jodido me voy yo con la derrota, pagando por ir al campo en lugar de cobrando un pastizal y cenando un horripilante frankfurt con una cerveza sin alcohol para más desgracia, a pie derecho en el estadio. Pongamos que hablamos de una fría noche de enero, por ejemplo.


Sea como fuere, a mí las lágrimas de ayer de Leo Baptistao me representan. El brasileño fue sustituido en el 88 por Hernán Pérez y su salida fue acompañada de una pequeña pitada por parte del respetable. Leo salió del verde sin marcar una jornada más pese a gozar ayer de tres muy buenas ocasiones. Que se las ganó a pulso, dicho sea de paso.

En un mundo tan alejado del romanticismo como es el maldito y odioso fútbol moderno, en el que los futbolistas cada vez parecen más vedettes  que aguerridos gladiadores, la pesadumbre y el lamento que mostró ayer Baptistao en el banquillo del Espanyol después de ser pitado por la afición son un canto a la alegría, un soplo de aire fresco, una luz para la esperanza.

No culpo tampoco al aficionado que gruñó aireadamente cada fallo a puerta del delantero perico. Ni siquiera al que le dedicó una pitada en forma de reprimenda cuando se marchaba al banquillo. Ese mismo aficionado será el que le lanzará apasionadamente todo tipo de vítores y halagos en día que a Leo le entre una al fondo de la red. De eso va el cariño. De enfadarse, reconciliarse y de volverse a enojar. Si pasa entre padres e hijos, es inevitable que suceda entre el resto de los mortales sin lazos sanguíneos de por medio.

Leo salió entre silbidos, tímidos desde luego. Pero se retiró de este modo porque la afición espera más de él, sabe que puede darlo porque lo ha demostrado y aunque seguramente no sea forma de hacérselo saber, así de cruel e injusta a veces es la vida. Pocas veces se usa la celebre premisa de “quiere más cuando menos lo merezca, porque será cuando más lo necesite”. El espíritu Coelho no está de moda en el fútbol y ¡Vive Dios! que gracias damos por ello.

Pero entre el pasotismo y el desinterés de algunos jugadores, por ejemplo el día del derbi frente al innombrable y las lágrimas de rabia y desconsuelo de Baptistao me quedo siempre para mí con lo segundo.  Decía Miguel Bosé que “los chicos no lloran, porque tienen que pelear”. Como si no se pudiera pelear con los ojos llorosos e incluso ensangrentados, menudo iluso.

Por eso entre Bosé y Loquillo, siempre me quedaré también con el segundo: “Mi familia no son gente normal. De otra época y corte moral, que resuelven sus problemas de forma natural, para qué discutir, si puedes pelear”.

Robert Hernando

Ex-consejero del RCD Espanyol

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