Como tan bien describe mi querido Miguel Ángel en este artículo, ayer fue un día muy triste para la familia blanquiazul, y por ende para todos aquellos que sin ser pericos conocieron al inolvidable Dámaso Ruiz Tintoré, tanto en su faceta de animador de la grada blanquiazul como en su labor de sacerdocio entregado a los pequeños pueblos y pedanías de la provincia de Tarragona, esa parte tan querida e importante de Cataluña, de Tabarnia y de España.

Y como bien queda definido en este dicho tan común (atribuido por cierto a Francis Bacon): “los amigos duplican las alegrías y dividen las penas”. Siempre y cuando, claro está, que realmente sean amigos. Porque en caso contrario el dicho podría invertirse a las primeras de cambio. Como sucede con esos pseudo-amigos tóxicos que todos tenemos, que te roban las alegrías y de paso incrementan tus penas. Pero de esos no quiero hablar hoy. Allá ellos con su falsa amistad y su egoísmo. Hoy toca hablar de penas. De compartir el dolor para hacerlo más llevadero. De ofrecer el hombro al prójimo para que derrame sus lágrimas sobre él. De escuchar al amigo sin atisbo de impaciencia. De saber callar y escuchar. De olvidarse de uno mismo y de pensar en los demás. En resumen: de ser buena persona, de ser cristiano (sinónimos, por cierto, aunque la inaguantable hiprogresía mundial de estos malditos tiempos que nos ha tocado vivir insista en su desprecio hacia el cristianismo y apoye cualquier otra ideología, filosofía, tendencia, tecnología, religión o moda con tal de no reconocer que el cristianismo simboliza el BIEN. En mayúsculas).

Por desgracia nosotros, los pericos, somos especialistas en el dichoso tema de las penas. Desde que se fundó nuestro querido Club, allá por octubre del 1900, las hemos pasado canutas. No voy a desgranar ahora todos los avatares que hemos sufrido en estos 118 años de historia en común, que para eso tenemos las hemerotecas, a nuestros hermanos, padres y abuelos (en el caso de que sigan entre nosotros) o a los varios y magníficos libros sobre la historia de nuestro club que se han publicado a lo largo de los años. Con pocas pinceladas creo que hay bastante: las derrotas en las finales de la UEFA, los descensos a Segunda, la voladura de nuestra casa, el añorado campo de la carretera de Sarriá, la muerte de Dani Jarque…, y obviamente el sorpresivo, injusto y doloroso fallecimiento de Dámaso.


¡Maldita sea! exclamará más de uno. ¿Por qué nos toca siempre el haba y nunca podemos pasear contentos con el rey en la mano? Pues simplemente porque la vida es ese gran misterio sobre el que tenemos poca o nula posibilidad de influir. Las cosas suceden de una única manera, sin vuelta de hoja, y de nada sirve lamentarse, buscar razones inexistentes, culparse a uno mismo o cagarse en la madre que parió a todos.

Lo que debemos hacer todos es compartir los buenos y malos momentos, y si las cartas vienen mal dadas, seguro que tendremos cerca a esos amigos de verdad que no necesitan explicaciones, justificaciones ni trueques para darnos su apoyo. Que callan cuando tienen callar, lloran cuando tienen que llorar y, sobre todo, ríen cuando toca disfrutar.

Como dijo García Lorca, “desechad tristezas y melancolías. La vida es amable, tiene pocos días y tan sólo ahora la hemos de gozar”.

Y yendo un paso más allá, tanto en la historia como en la forma de afrontar las cosas, recordemos a Séneca: “el vino lava nuestras inquietudes, enjuaga el alma hasta el fondo y asegura la curación de la tristeza”.

Brindemos y recemos pues por los que se fueron. Brindemos y recemos por Dámaso. Y brindemos con los que están, mientras estén. Con los nuestros.

Por los que nos precedieron. Por las penas que nos unen.

Ernesto Martí.

Consultor perico.

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