Me llegó ayer la ya habitual llamada bimestral (si fuera bimensual tampoco pasaría nada) del buen amigo Migui, pidiéndome unas líneas para este diario blanquiazul. Jugando con ventaja, ya que sabe que el amor a un equipo y sus colores es para siempre, como resume esa frase tan manida que reza: “lo único que es invariable en la vida de una persona es su equipo de fútbol”. Y más aún cuando hablamos de un equipo modesto, tradicional y familiar como el nuestro.

De inmediato pensé en Robert Hernando, director de este medio blanquiazul, exconsejero joven del RCD Espanyol, buen amigo y, visto el éxito de su primera novela, un talentoso escritor.

¿Ya le ha dedicado alguien un artículo, ahora que ha anunciado que padece cáncer? -pregunté.

Pues resulta que sí, él mismo, valiente y lanzado como suele ser, nos ha anunciado a todos esta desgracia, que obviamente nos ha dejado helados, sobre todo cuando por su edad llega demasiado pronto y en el momento menos apropiado. Como cualquier enfermedad, accidente o desgracia: son cosas que no deberían suceder nunca, pero eso es algo que no está en nuestras manos, no somos dueños de nuestras vidas, las cosas pasan y hay que asumirlas sin aspavientos, sin rabia, sin quejas, con entereza y natural resignación. Dios (o el destino, para los no creyentes) dispone.

Que se lo cuenten a cualquier otro perico que ha sufrido una desgracia, que padece una enfermedad grave o que ha perdido a algún ser querido. Pensemos en la luchadora Eli con su enfermedad de Lyme o en el incansable y ejemplar Jordi Sabaté y su guerra cargada de optimismo contra el ELA, dos ejemplos muy actuales de tantos que tenemos y hemos tenido en nuestra gran familia blanquiazul.

“La salud no es conocida hasta que es perdida” es uno más de los dichos populares de nuestro vasto refranero. ¡Cuanta verdad en tan pocas palabras! Y Robert bien lo describe en su reciente columna: en este año nefasto marcado por el COVID y el incipiente golpe de estado social-comunista, con una hija de corta edad, con el éxito de su novela alegrando su vida, va y le toca el haba del roscón de Reyes. Pero no hay vuelta de hoja, no puedes esconder la vaina de la hortaliza en el pañuelo e intentar pillar el rey al descuido. No pudieron hacerlo los que nos precedieron, los amigos pericos que fallecieron antes de tiempo, los añorados Jota, Javi, Carlos, Sonia o Miguelón, ni nuestros abuelos y padres y tantos otros socios que no conozco personalmente, pero cuyos allegados sufrieron, maldijeron y lloraron igual que hacemos todos nosotros cuando nos llega la hora, sea en forma de enfermedad, accidente o del inevitable fin que nos espera a todos.

Pero los pericos nunca hablamos de que algo acaba, somos esa maravillosa minoría que se crece ante las adversidades, somos los que hablamos de vida, de esperanza, de futuro. Somos tan raros que perdemos una final de la UEFA y acabamos todos abrazados cantando al unísono “¡Qué más da!”, que bajamos a segunda división y ese mismo día superamos el número de socios de cualquier otra temporada.

Nos crecemos ante las adversidades, luchamos contra viento y marea, y confiados y optimistas afrontamos el futuro con fuerza, ilusión y esperanza. Por algo nuestro himno original sigue resonando en nuestro interior y sale a colación en cualquier situación. En lo bueno y en lo malo. En la alegría y en la tristeza. En la riqueza y en la pobreza. En primera o en segunda. Como una gran familia. Que es lo que somos, al fin y al cabo. Somos luchadores, somos tenaces, somos incansables (por algo se llama así una de nuestras más admiradas y veteranas peñas), somos pericos.

Y hoy todos somos Robert.

Ernesto Martí

Consultor perico

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