La Vanguardia ha publicado una extensa entrevista a Rafa Marañón, leyenda futbolística y actual embajador del RCD Espanyol, en la que repasa toda su trayectoria deportiva. También habla sobre el fútbol actual y la situación de la entidad perica.

En LCD nos hacemos eco y publicamos íntegramente la entrevista:

Son días de quedarse en casa. De conversar a distancia con familiares y amigos. De trabajar a distancia también. Y son semanas sin fútbol. Me dijeron que era un momento para la creatividad y, aunque sea un nombre siempre ligado al Espanyol, tuve la oportunidad de hablar, vía llamada telefónica, con Rafa Marañón (Olite,Navarra,1948). Máximo goleador de la historia blanquiazul en todas las competiciones con 144 goles, es toda una leyenda y un emblema del club que todavía sufre día a día como aficionado y al que le dedica horas como embajador.

Le pregunté si había tiempo, en estos días raros, para la tranquilidad. Y me dijo que no creyera que hay muchas personas que encuentran la paz estos días. Porque quizás hay más tiempo, pero “es el tiempo que uno querría tener en un estado convencional”. Y en su caso, además, quizá preferiría estar en Olite.

En un momento de las casi dos horas de conversación, que se hicieron cortas, me sincero y le digo que no le viví ni de refilón. Que durante muchos años escuchaba el nombre de Marañón y no era ni un recuerdo. Y que incluso no fue hasta tarde que me enteré de que su nombre de nacimiento era Rafael Carlos Pérez González. A lo que me dijo que no se cambió de apellido por “esnobismo”, sino porque le corresponde, porque es su tercer apellido. Que nací en el 1994, le dije. “¿Del 94?”, me dijo. “No sabes nada de mí”, remató. Rematar era lo que se le daba mejor, aunque no lo único. Y por eso me advirtió de que yo habría “disfrutado” mucho viéndole jugar. “No me hables de kilómetros, háblame de fútbol. De cómo se le pega a la pelota, de remates a puerta”.

Y, sin embargo, hablamos de todo un poco. Primero, y como es normal, del Espanyol. De si cree que se va a salvar. De qué cree que le pasa al equipo. De si se jugará o no la Liga. Pero también de su historia como futbolista, de anécdotas, del pichichi que a punto estuvo de ganar, del Real Madrid, del Sporting de Gijón, del Sabadell. De cómo quizás Aparicio, un compañero suyo en el Ontinyent, le pegaba mejor que Cristiano Ronaldo y lo que un día Marañón aconsejó a Jorge Mendes. Y también un poco de arquitectura, su otra pasión.

– ¿Deben tener fe en la salvación los aficionados del Espanyol?

–Tenemos buenos jugadores. Hay que tener fe. Creo en Abelardo. Es un buen entrenador que en circunstancias normales nos hubiera llevado a cotas altas y ahora tiene que apechugar. Un catedrático de la escuela de arquitectura, Carlos Ferrater, tenía una frase que utilizaba siempre que es “lo más difícil sale siempre luchando contra lo imposible”. Yo la empleo para este momento del Espanyol. Me ato a esta frase porque con la voluntad se llega a muchos sitios.

–No es fácil el papel que tiene por delante Abelardo.

–Influyen las circunstancias. Y también los entrenadores. A veces hay que jugar a otras cosas que no sea tocar el balón, que es lo que le gusta a la gente, a veces hay que jugar a lo que se puede. Tienen que sacar las armas que se necesitan en cada momento. En otra situación este equipo es para estar de media tabla para arriba, pero ahora luchan contra muchas cosas.

–Entre ellas, este parón. ¿Cree que se va a acabar jugando la Liga?

–Por una parte, como espanyolistas, queremos que no. Lo mejor, además, sería que no. Y no pueden dar campeón ni descendidos sin que se acabe el campeonato. Pero también queremos que esto pase cuanto antes.

–¿Puede beneficiar cierta esta distancia con la prensa ahora? ¿Puede relajar a los jugadores y despejar sus mentes?

–Para los futbolistas la prensa es muy importante. Te ensalzan, te alaban, pero también te critican.

–Ha cambiado mucho la relación con la prensa de cuando jugaba a ahora.

–Ahora se pueden ver todos los partidos televisados, antes no. Y la gente se fiaba de lo que decían las crónicas. Aunque no soy el más idóneo para decir. Porque yo siempre he sabido cuándo jugaba bien y cuándo jugaba mal. Y, sin embargo, siempre se me ha catalogado por meter goles. Muchas veces he metido gol y no he dado pie con bola pero he sido el héroe. Y otras, al revés.

–Al delantero se le valora por eso, sobre todo.

–Mira, yo soy de Cristiano Ronaldo. Y miro muchos partidos suyos. El otro día vi el partido contra el Inter y al narrador que decía que Ronaldo no participaba le diría que los siete balones que tocó los entregó bien. ¿Qué pasa con los demás? A veces la prensa hace las valoraciones en función de quién eres, no de cómo has jugado.

–¿Considera que cada vez hay menos goleadores natos?

–Los que meten goles siempre han metido goles. Hay delanteros que meten de vez en cuando y que tienen como misión dar goles. Luego está el auténtico cazagoles. El que cuando lucha por ser máximo goleador prefiere chutar él –así sería yo– que dársela al compañero. No es para que el otro no la meta, es que confías más en ti que en lo que pueda hacer el otro. Muchas veces se ve fallar goles cuando uno lo podría haber metido, y eso no lo entiendo yo. No lo entendería como entrenador.

–Entonces no es egoísmo.

–Esto es una historia que habéis sacado los periodistas en los valores de los futbolistas. Como entrenador quiero tíos que sean unos ‘ganas’, como lo era Hugo Sánchez, que hasta algunos compañeros suyos lo despreciaban en su momento, pero cuando metía gol todos iban a felicitarlo. ¿Por qué? Porque ganaba para ti. Hay que aprovechar esas condiciones. El valor de equipo es ese. Cuando uno está en una situación mala espera que marque el que lo hace siempre.

–Que es a quien pagan por hacer eso, al fin y al cabo.

–Vicente Miera (ex entrenador del Espanyol) me decía siempre: “¡Joder, es que aquí en Catalunya metes dos goles y sales en todos los periódicos a cuatro páginas!”. Era porque había mucho periódico deportivo. En el resto de España no te daban dos páginas, te daban un trocito. A veces nos creemos que hemos hecho mucho camino por meter un día dos o tres goles. Y no. Uno empieza a ser futbolista de Primera cuando llega a los veintidós o veintitrés años, excepto los genios y figuras.

–¿Algún ejemplo?

–Ansu Fati o Rodrygo. Son buenos futbolistas, pero les queda mucho para ser importantes. A mí se me criticó porque en su día dije que Vinicius no podía ser la panacea del Madrid, y a los hechos me remito. Tiene unas condiciones fantásticas y puede ser un gran futbolista, pero hay que pulirlo.

–Lo dice con conocimiento de causa, porque llegó al Madrid con dieciocho años.

–Debuto con veinte en un partido de Copa de Europa contra el Hibernians y en la primera que cojo, chuto y gol. En la segunda intento hacer lo mismo y casi gol. Y a la tercera me dijeron “¡Eh, chaval, aquí la tocamos todos!” El éxito de Raúl en el primer partido, que no mete ningún gol, se ratifica cuando el domingo siguiente contra el Atlético mete un golazo. Si no se hubiera ratificado vete a saber. Eso, y la fe que tuvo Valdano en él.

–Empezó su carrera en el Real Madrid pero suele decir que donde más se realizó fue en el Espanyol.

–Sí, claro. Es donde más he hecho. Pero antes tuve momentos muy satisfactorios en otros clubes. En el Oberena, de Pamplona. Y estuve a punto de debutar con Osasuna cuando estaba en Tercera, en A Coruña. Llamaron a mi padre para fichar y todo. Pero nada. Fue una decepción que se convirtió en alegría porque a la semana siguiente me fichó el Real Madrid.

–¿Qué se queda de esa experiencia?

–Mira, cuando jugaba de pequeño me decía que tenía que ser futbolista por pelotas. Y sin ser ninguna figura me he realizado en todos los equipos, menos en el Madrid, donde no me realicé por lo que es, aunque se me reconoce. Si tú das cariño al Madrid, el Madrid te lo devuelve. Hay una frase que dice que vas a servir al Madrid, no a servirte. Los valores que transmite, como el sacrificio y la lucha. Sacrificio también es lo que estamos haciendo ahora, de quedarnos en casa por obligación.

–Estuvo cedido en el Ontinyent y en el Sporting de Gijón.

–En el Ontinyent fui máximo goleador del equipo en Segunda con diecisiete goles y nos salvamos de no bajar a Tercera. Al año siguiente me ceden al Sporting de Gijón. Hicimos una temporada fantástica, con Quini, Churruca, Valdés… Quini fue máximo goleador con veintiuno y yo segundo, con dieciocho. Los últimos cinco partidos yo estaba en la mili en Vitoria, en Gamarra. Incluso le gané el premio de Dicen… a mejor jugador de Segunda. (Risas).

–Dice de Quini que sabía llevar como nadie ser futbolista. ¿Por qué?

–Porque era el prototipo de futbolista nacido en provincias que toda su ilusión y la meta es el fútbol.

–¿Como usted?

–Sí, creo que sí. En mi caso, si no hubiera sido futbolista me habría ido al campo a trabajar o yo qué sé. Me he sentido muy orgulloso de jugar con ‘El Brujo’. Era especial, era un futbolista fuera de lo corriente en todos los sentidos. Y compañero, que no te creas que hay muchos, que en el fútbol hay compañeros hasta el treinta de junio.

–Siempre me ha resultado curioso esto, porque en un equipo de fútbol se comparten muchas horas.

–Con los futbolistas convives más que con tu familia. Y antes más, que los desplazamientos eran más largos. Ahora es distinto yo creo, cada uno está más en su mundo. Los aparatos coartan un poco la amistad, el diálogo, la lectura… Que yo nunca he sido un gran lector, eh, y tengo dos hijos periodistas y grandes lectores. Yo siempre he estado más por lo práctico. Como anécdota te contaré que me costó mucho, por venir de donde venía, acostumbrarme a los ritos que requería la singularidad de la universidad. Era un alumno fuera del estatus convencional. Terminé la universidad con treinta y no sé qué.

–¿Cuándo empezó a estudiar arquitectura?

–Al final de mi etapa en el Espanyol, en el ochenta o así. Aparejadores lo acabo en el ochenta. Y a los dos meses me hicieron profesor de la Universitat Politécnica de Catalunya.

–¿Y aún jugaba?

–Entonces aún era futbolista, del Espanyol. Luego estuve tres años que los compaginé en el Sabadell, los dos primeros como futbolista y el otro como segundo entrenador. Me dedicaba al fútbol por la mañana y por la tarde dedicación plena a la universidad, aunque con alguna solvencia. Es una carrera muy sufrida, requiere trabajo. Me fui al Sabadell por eso, para terminar la carrera.

–¿Podría haber seguido en el Espanyol?

–Hubiera querido. Mi idea fue seguir un año más. Tuve una propuesta del Paris Saint Germain y otra del Mallorca, pero ya tenía trazado un camino. Quería sacarme las oposiciones para profesor de universidad. En Sabadell lo pasé bien y me realicé futbolísticamente. El primer año, en Segunda B, marqué alrededor de veinte goles.

–Era jugador, estudiante y entrenador al mismo tiempo.

–Creo que tenía mis aptitudes para ser un buen entrenador. Con cierta suerte, porque los entrenadores deben tener esa varita mágica. El Sabadell ascendió a Primera conmigo de segundo y ese mismo año hice campeona de España a la selección catalana de infantiles.

–¿Qué valora de un entrenador?

–Aquí la gente valora que ser entrenador es tener muchos métodos. Y no. Una condición sine qua non es conocer bien el fútbol. Difícilmente puedes ser entrenador de un equipo grande sin haber participado en facetas anteriores. Hay gente a la que el fútbol pasa por él y hay otros que aprenden todo lo que ven. Rompo la lanza por Zidane. Pienso en él, en Cruyff o en Guardiola. Siempre he pensado que en el fútbol tiene que haber unas distancias entre los futbolistas y el míster. Y entre el míster y el presidente. Tiene que haber unos estatus.

–¿Cuál fue su mejor entrenador?

–Santamaría fue, sin duda, el entrenador por excelencia. Y, sin embargo, me tuvo en algunos momentos en el ostracismo. Me trajo al Espanyol y me tuvo apartado. Eso sí, a mí ningún entrenador me dijo cómo tenía que jugar de delantero, sólo algún futbolista.

–¿Como quién?

–Günter Netzer, por ejemplo. O Amancio, o Gento.

–Por cierto, ¿cómo se convive con el ostracismo?

–Jugando amistosos, metiendo goles y queriéndolo jugar todo.

(En este momento, hablando de delanteros, recuerda una anécdota que le pasó hace poco).

–¿Qué pasó?

–En el partido del Espanyol contra el Wolverhampton me saludó Mendes, el representante de Cristiano. Pensó que sería alguien importante, a lo mejor. Pero no, sólo estaba en el palco. Le dije quién era y estuvo muy simpático. Y le solté un comentario, que igual le iba a sonar a chino, pero que si veía a Ronaldo le dijera, con toda la humildad del mundo, que gire un poco el pie al pegarle, que no lo haga con empeine frontal, sino un poco de lado y verá cómo cambia la trayectoria del balón. He sido un estudioso de cómo darle al balón. A mí me enseñaron a cómo correr.

–¿Quién le enseñó?

–Jesús Hurtado, un atleta del Real Madrid que estaba en la ciudad deportiva y me veía correr y me dijo que corría muy erguido y que perdía velocidad, que tenía que inclinar un poco el cuerpo hacia delante y demás. Tenía que sustituir a Gento y para eso tenías que ser más rápido que el viento.

–Las faltas eran una de su especialidad.

–Hay gente muy osada que pretende tirar faltas sin tener ni idea. En el Onteniente, un chico que se llamaba Aparicio era espectacular. La rompía, pero se tuvo que retirar del fútbol porque era muy lleno. Pero con dieciséis años ya debutó con el Madrid. Una vez, contra el Oviedo, pitaron una falta al borde del área. Pues la primera falta la chutó y la metió. Se repitió y la volvió a meter. Mandaron a repetir otra vez y de nuevo. Tres veces seguidas. Eso no lo he visto yo en un campo de fútbol. Era un genio. Y ese tío aprendió de Puskas, porque ‘Pancho’ tenía un pie muy pequeño y podía pegarle a la barriga de la pelota más fácil.

–Ser el encargado de lanzar faltas, igual que penaltis, es una responsabilidad. Hace poco vimos una escena curiosa entre De Tomás, Calleri y Embarba.

–Yo tenía un litigio para tirar las faltas con Solsona, el mejor futbolista con el que he jugado en el Espanyol. Podría jugar en el Madrid o Barça de hoy. En el caso de los penaltis, el entrenador tiene que elegir.

–Anotó muchos goles de penalti.

–La primera vez que tiré un penalti fue contra el Athletic, televisado, en el minuto 93. No quiso tirarlo nadie. Y Santamaria, el míster, me dijo “usted”. Entonces me dije que si quería ser un goleador, tirar un penalti debía ser lo más fácil del mundo. Y a partir de ahí empecé a tirar penaltis. Una me mis mayores conquistas es ser el jugador español con más penaltis seguidos sin fallar, 23. El que más, Koeman, con 25. Y he tenido el honor de estar empatado con Kubala. De hecho, no fui pichichi por dos penaltis que no tiré.

–Lo perdió contra Kempes, en la 76-77. Por eso he leído que usted se considerará siempre un segundo.

–Eso es lo que he pensado toda la vida. A veces es mejor ser segundo y honesto que primero y cantante. La ilusión hubiera sido ganarlo, pero la siguiente ilusión habría sido haber empatado con Kempes. Si hubiera empatado con él todo el mundo habría dicho “¡Joder, este tío!”.

–Y aun así, se dice. Tiene una puerta en el RCDE Stadium y es un histórico del fútbol español. ¿Le faltó algo?

–He sido un apátrida del fútbol. He ido a todos los sitios y no he estado nunca en mi tierra. En el equipo de mi tierra te defiende todo el mundo. Si hubiera jugado para Osasuna me hubieran aplaudido de joven, habrían dicho que tenían una posible figura. Pero me fui a Madrid, donde era uno más, luego al Ontinyent, donde no me conocía ni el tato, luego el Sporting, donde el periodismo favorecía un poco a los de la casa. Entonces llegué al Espanyol. Venía como un personaje. Al séptimo partido, cuando no metía goles, la gente pensaba “bah, este tío es normal”. Me lo tuve que currar, luchar y trabajar.

–Así es como uno se gana una patria futbolística, ¿no?

–Claro.


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