Nuestro colaborador el gran perico Pedro Grimalt, barcelonés afincado hace 34 años en Bolivia que vive, sueña y duerme en blanquiazul (aquí su pericos por el mundo) ha escrito un sentido y personal libro sobre sus apasionadas vivencias españolistas de este pasado mes de mayo, mes en el que los pericos hemos vuelto a tocar el cielo de la UEFA.

Pequeño libro electrónico que ha dedicado a su padre, quien le enseñó a amar a nuestro club y a todos los que compartimos esta pasión inigualable por nuestro RCDE.

Puro sentimiento y pasión en vena blanquiazul de alguien que como Pedro define al Espanyol como «el gran amor de mi vida, mi religión, mi filosofía de vida.»

Libro que desde LA CONTRA DEPORTIVA recomendamos encarecidamente a todos nuestros lectores compren y lean. No les defraudará.

Os dejamos aquí en exclusiva su prólogo:

Es indudable que durante el transcurso de la vida del ser humano, generalmente errático y empapado de incertidumbre, existen fechas que dejan una huella muy profunda en el alma. Una huella que evoca permanentes recuerdos, ya sean buenos o malos, y que por lo general contribuye a adicionar rasgos y atributos a la personalidad individual y colectiva.
En mi caso, como enamorado absoluto, desde que nací, del Real Club Deportivo Espanyol de Barcelona, el 18 de mayo ha pasado a convertirse en una fecha emblemática, casi mística, para lo malo y para lo bueno, para lo infernal y para lo celestial, para la tragedia y para la gloria, una fecha que marca una parte importante de la historia de mi amado club y de mi propia historia personal.
En este breve relato, impregnado de sentimiento perico, intento narrar mis vivencias de mayo, mis historias personales desde la perspectiva de la asimilación de las mismas dentro de una sucesión de acontecimientos relacionados con mi club y con mi vida.

Indudablemente, las empresas, las instituciones y las personas, a lo largo de su existencia, discurren a través de procesos cíclicos, cada uno de los cuales da paso al siguiente a partir de los denominados puntos de inflexión, entendidos éstos como aquellos momentos y episodios que generan un impacto tan profundo y contundente que, para bien o para mal, suponen la generación de una inercia imparable e irreversible de cambio de rumbo.
El Real Club Deportivo Espanyol de Barcelona, uno de los clubes más antiguos de España y del continente europeo en general, constituye un ejemplo vivo de institución que, a lo largo de su extensa y apasionante historia, ha atravesado por episodios específicos que, en algunos casos, hubiesen podido cambiar el rumbo de dicha historia. Momentos que, tal vez por caprichos del destino, han tenido lugar exactamente en la misma fecha. En mi propia historia personal, indisolublemente ensamblada y vinculada con la del club de mis amores, se ha producido un fenómeno similar.
El partido de vuelta de la Final de la Copa de la UEFA 1987/1988 disputado en Leverkusen (Alemania), en la noche del 18 de mayo de 1988, constituye uno de los episodios más dolorosos para los miles de idealistas y soñadores que amamos a un club, el Real Club Deportivo Espanyol de Barcelona, con casi 119 años de vida.
Un capítulo nefasto de nuestra historia común, que ha sido objeto de análisis profundos, debates, tertulias y hasta documentales con cierto tinte épico, siempre tratando de encontrar una explicación algo coherente a lo que sucedió en esa infausta noche en territorio germano, buscando un veredicto que dirima entre causalidad y casualidad.
Fue tan inesperado como cruel, tan dramático como dantesco. Una de las páginas más negras de mi vida personal, pues con dieciocho años de edad, y viviendo a miles de kilómetros de distancia de mi Barcelona natal, me aferré con todas mis fuerzas a un trascendental partido de fútbol que, en caso de haber llegado a encumbrar en lo más alto al club de mi vida, me hubiese proporcionado un tremendo espaldarazo anímico que me hubiese ayudado a seguir viviendo, a seguir luchando, a seguir creyendo en mis sueños y a superar la tristeza que seguía invadiendo mi joven espíritu desde aquel día de febrero de 1985 en el que el avión de Iberia despegó del Aeropuerto de El Prat con rumbo a un país ubicado al otro lado del mundo, a miles de kilómetros. Era, sin duda alguna, un partido que, a mis dieciocho años de edad, constituía una suerte de bálsamo de esperanza para salir de una especie de vacío existencial en el que ingresé a base de golpes de nostalgia por todas las vivencias y experiencias que había dejado en la ciudad de Barcelona.
Sin embargo, y resulta paradójico, el desastre de Leverkusen, la derrota en los malditos penaltis, generó en mí, además de un dolor tremendamente profundo que me costó superar, el descubrimiento de que, en mi condición de perico, contaba en mi interior con un innato mecanismo de resurrección que me permitiría, siempre, levantarme del suelo las veces que fuese necesario.
Descubrí la esencia de ser perico. En mi experiencia de vida, este descubrimiento ha sido vital, pues contar con una mente y con un corazón gobernados por los valores de mi espanyolismo ferviente y militante me ha permitido disponer de una amplia capacidad de soñar, de aguantar, de resistir, de luchar y de mirar siempre el futuro con optimismo, por mucho que, en muchas oportunidades, dicho futuro se proyectase incierto, peligroso o caótico.
No sólo el fútbol, sino la vida misma, van colocando en nuestro camino un cúmulo de situaciones, de episodios, de vicisitudes, de desafíos. Generalmente, cuando ocurre algo inesperado, reaccionamos de manera reactiva y tratamos por todos los medios de luchar contra ese algo, o de negar enfáticamente su existencia. Los pericos hemos edificado, a lo largo del tiempo, un ideario común sustentado en una capacidad intrínseca de asimilar los golpes e ilusionarnos con el siguiente capítulo, con el siguiente episodio, con el siguiente partido, esperando siempre que ocurra algo bueno, algo que nos llene el alma, algo que nos proporcione un envión anímico que propulse una nueva espiral de júbilo, de ilusión, de vitalidad y de mucho amor.
Un camino, apasionante y errático, de treinta y un años, desde 1988 hasta 2019, de mayo a mayo; un camino en el que la emoción estuvo siempre a flor de piel, el corazón dispuesto a aguantar lo que se fuese presentando y la voz permanentemente preparada para animar al Real Club Deportivo Espanyol de Barcelona. El camino del amor, de la pasión, de la lealtad, de la hermandad y de la entrega incondicional por un escudo y por unos colores que transmiten, siempre, una sensación de esperanza.

Como ven, el libro promete.

De venta en Amazon.


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