A un mes de los terribles atentados islamistas en las Ramblas de Barcelona a nadie se le escapa que para muchos barceloneses el pasado 17 de agosto supuso un verdadero aldabonazo en sus conciencias. Muchos conciudadanos acudieron a donar sangre a los hospitales, a ofrecerse voluntarios para ayudar a las víctimas y autoridades en todo lo que fuera menester.

Ese espíritu solidario se alargó varios días en el tiempo. Esas muestras y acciones de apoyo se dieron incluso en el ámbito espiritual. La ayuda psicológica y la espiritual, el confortar a las víctimas y a una sociedad conmocionada que ha despertado bruscamente de un letargo autocomplaciente también se dio.

Y uno de esas altruistas personas, generosa y noble como pocas, tocado por la mano de Dios y de enorme corazón fue Dámaso Ruiz Tintoré, nuestro entrañable y querido sacerdote periquito, conocido también como Dámaso Perico.


Ni corto ni perezoso, tal como nos cuenta en su Facebook, tras el atentado necesitaba hacer algo. Como sacerdote era un momento que llamaba a reflexión.
Así, 6 días después del atentado, tras haber logrado un hueco en sus múltiples obligaciones apostólicas como vicario de Riba-Roja, en las Terres del Ebre, el 23 de agosto bajó al epicentro del atentado terrorista, Las Ramblas de Barcelona, para ofrecer su ayuda y consuelo espiritual como sacerdote.

Bendiciendo y felicitando a barceloneses anónimos, como los empleados de una óptica que socorrieron a numerosas víctimas y que le dijeron que volverían a hacerlo de nuevo.
Rezó en Canaletas ante las velas, rezos que fueron seguidos por mucha gente, viéndose lágrimas entre los presentes. Oró, como no podía ser menos en él, frente al escudo que había colocado nuestro RCD Espanyol. Fue repitiendo sus rezos en todos los improvisados memoriales instalados a lo largo del recorrido asesino, repitiéndose la escena de acompañamiento y recogimiento de la gente en las oraciones. Pasó delante de 2 furgonetas policiales, una de la Urbana y otra de los Mossos. Y tal como explica a LCD un guardia urbano le reconoció de Sarriá con su inseparable bombo y se le acercó para pedirle la bendición para él y sus compañeros. Era el agente que intentó salvar la vida de Xavier, el niño de 3 años que falleció. En cuyo memorial, varios metros más abajo, también oró.

Continuando su particular Vía Crucis el padre Dámaso encontró una silla vacía donde se sentó con la estola. Un joven que pasaba le pidió que bendijera el lugar para “que no vuelva el mal”. Le invitó a confesarse y al absolverle le dijo que cambiaría de camino, con una cara llena de paz interior. Nuestro padre le dio un rosario que le había dado hacía poco una voluntaria de rehabilitación de indigentes a la que conoció cuando estaba poniendo una vela por las víctimas.

Paseó con una persona sin recursos que se dedicaba al trapicheo de drogas, a la que logra apartarle de su “negocio” recordándole a su abuela y que ”trafican con la muerte”. Sentado delante del Liceo una inglesa luterana le abrazó emocionada respondiéndole “God bless you” (Dios te bendiga). Volviendo a Canaletas un grupo de profesoras le confiaron su propósito de esforzarse en la educación y una lo escribió en el suelo: “Como maestra seguiré luchando por una sociedad donde el amor triunfe.”

Fueron dos horas nocturnas de las que regresó lleno, con la experiencia de que Dios actúa en medio del dolor. Reafirmándose en los Valores Trascendentes del Catolicismo como bálsamo reparador. Desde las páginas de La Contra Deportiva queremos agradecer públicamente a nuestro amigo Dámaso por su iniciativa para llevar en unos momentos así el consuelo de nuestra religión a la calle, junto a las víctimas. Así es nuestro padre Dámaso, españolista sin tacha, sacerdote sin mácula; “uno di noi.”

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