Cada perico lleva en su afectuoso recuerdo a unos cuantos jugadores que han vestido nuestra zamarra. Esos jugadores que tuvieron para él una relevancia especial. En mi memoria siempre habrá un rinconcito para Moisés Arteaga, un tipo algo desgarbado, larguirucho como un santo en un icono bizantino, partidario de aquella ocurrente divisa: “correr es de cobardes… de la pradera”.
Arteaga, fino estilista, era al fútbol lo que Curro Romero a la tauromaquia, un maestro elegante y pasmoso (a veces pasmado), y algo reservado a la hora de ejecutar esas filigranas balompédicas que ponían en pie al graderío. Creo que Arteaga era gaditano, acaso descendiente, por el apellido, de aquellos vascos antañones que pusieron escuela náutica en Sevilla y Cádiz para marear por la corona de Castilla. Y como gaditano, según reza el tópico, no era lo que se dice un incondicional del casco, del pico y la pala. Para mí que incluso el finado Johann Cruyff se sintió reflejado en Arteaga, en sus maneras, por su físico elástico, su habilidad para sortear zancadillas y su técnica depurada, porque le convocó para uno de esos partidillos de chichinabo en que el astro holandés dirigió a una selección mundial contra no recuerdo quién a beneficio de Unicef o de la preservación de la foca monje.

Pero he tenido más ídolos: Solsona, Lauridssen, Francisco, De la Peña (cuando fue nuestro, claro es) y Nené, grandísimos peloteros. Diablillos de quiebro electrizante en el área como Lardín, el “Chiqui” Benítez o nuestro más certero goleador, Raúl Tamudo. Siempre me gustó la sobriedad bajo palos de Urruti y de Biurrun, de cuando los porteros eran vascos (el segundo, brasileño de cuna, por ius sanguinis) y los toreros sevillanos. Y qué decir de las excentricidades de los inimitables N’Kono y Kameni. Me divertía, cuando niño, que la portería perica la defendiera un lindo gatito: “Gato” Fernández.

Me gustaron en la zaga Pochettino e Iván Helguera. También fue mi ídolo Ayfuch, un defensa paraguayo más duro que una piedra de amolar, y el único capaz de lesionar a “Tarzán” Migueli en un lance de partido. Como guaraní era Ortiz Aquino, que con sus pintas te metía miedo: peinado tipo “pelocho”, como de pandillero portorriqueño, y patillas a lo Curro Jiménez. Canito, nuestro Franz Beckenbauer autóctono. Me caía muy simpático Urzáiz, notable goleador, buen rematador de cabeza, deambulando por Sarriá con su peculiarísimo trote cochinero. Ítem más, Caszély, Marañón, Luís García, el gol milagroso de “Coro” contra la Real Sociedad en el último estertor del moribundo: la única vez que he llorado en un campo de fútbol.
Recientemente, en nuestro estadio, sólo he tenido la sensación de que Sergio García, “Falete”, me sorprendería con un regate o una inesperada maniobra… un jugador con magia en las botas y eso que le recibimos a pitos por su pasado culé. Cierto que Ducadam, portero del Steaua de Bucarest, no militó jamás en el RCDE, pero que nadie me lo toque. Tampoco lo hizo Faustino Asprilla, que le dio matarile al Barça en competición europea, de tres soberbios cabezazos, cuando el ariete colombiano jugaba en el Newcastle. Otro ídolo más para mi santoral.


Muchos jugadores, algunos mejores que otros, desde luego. En esto, como en todo, otro perico confeccionaría una lista distinta, sí… pero nunca me he dicho para mis adentros, siendo como soy un fetichista, un mitómano empedernido, “me quedo con éste para los restos”. Hasta hoy. Ya tengo al fin mi ídolo, mi jugador favorito de todos los tiempos: LombaAnair Lomba, ex-jugadora del Femenino A.
Sus declaraciones me han pinzado los tuétanos. Leo en un diario digital que Lomba cuelga las botas. Que ya no se rompe más la tibia y el peroné, el cúbito y el radio, por esos campos de Dios, si lo que no puede es vestir la elástica blanquiazul. Lomba cuenta por docenas las muescas en su osamenta a base de lesiones e intervenciones quirúrgicas. Parece que incluso las orejas en su día llevó en cabestrillo. Y que no hay soldada que le paguen por lucir otro escudo que no sea el suyo que le compense de veras.

Yo para Lomba no pido la consagración de una puerta del estadio, pero podría hacerlo, y seguro que un caballero de fina estampa como Arteaga cedería la suya gustosamente. Ni una estatua junto a la de nuestro eterno capitán, Jarque, pues el homenaje en piedra se esculpe cuando de uno no quedan ya ni las raspas. Pero seguro que hay mil fórmulas para tributar a Anair Lomba un homenaje merecido e imperecedero por ese gesto maravilloso que nos devuelve, y de qué manera, el orgullo de ser pericos.

Javier Toledano Ventosa

Perico de Los Palotes

Peñista en Doctor Gert

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3 COMENTARIOS

  1. Mucha razón tiene y certero comentario Don Javier. Si no es el club que sean las peñas quienes rindan un especial y merecido tributo a Anair Lomba por su honestidad, compromiso y auténtica perica.
    En cuanto a Moisés García Fernández nunca he sabido porqué le llamaban Arteaga al gaditano.

  2. Agradezco de veras los comentarios a este palote. Lamento haber omitido, por ejemplo, a Molinos y De Felipe, todo pundonor, y de quienes guardo buena memoria o a José María. Me encanta el apunte-rectificación de don Carlos Acosta aunque eche por tierra mis elucubraciones a cuento de la identidad y ascendencia de Moisés Arteaga. La frase me quedó bonita llevado de mi volandera imaginación, pero el camino de la verdad requiere a veces dejar ropajes por el camino, de modo que mil gracias por su elegante zasca y por su contrastada info.

  3. DE LOS PALOTES 0- CARLOS ACOSTA 1. A mí también me gustaba mucho Arteaga a pesar de que desapareciera de los partidos con mucha facilidad. Si nuestros dirigentes fueran pericos de veras, ya habrían llamado a Lomba para recibirla con alfombra roja. De acuerdo en casi todo, pero a mí Lomba no me «ha devuelto el orgullo de ser perico» como dice «De los Palotes» (eso ha de poner en su camiseta) porque nunca lo he perdido. Pero Lomba me ha emocionado como nadie lo ha hecho. No sé si habría de ser cosa de las pericas aficionadas o nada tiene que ver esto con el género, pero que se merece una peña con su nombre no hay quien lo discuta.

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