Me lo estoy pasando pipa leyendo las aventuras y malandanzas de José Cano, Canito, santo y seña de la afición periquita. Mi buen amigo, y sin embargo abogado, Jesús Beltrán, ha publicado recientemente “Canito: El gesto de un rebelde”.

El libro es ameno, de lectura fácil y rápida, y contiene un alud de info impresionante. Tiene de más que bueno que te sitúa en la época con unas sabrosas pinceladas ambientales. Mientras Canito entrenaba con el resto de la plantilla calzando unas deportivas “Victoria” escuchaba, qué sé yo, en el radiocasete de su Seat 132, el último exitazo bailongo de Boney M o de Bee Gees. Y cuando conducía su flamante buga, mucho mejor que no chocara contra el Vaquilla, ídolo de la nación quinqui, que por entonces huía a todo trapo de la pasma por las carreteras de la conurbación de Barcelona.

Me dice Jesús Beltrán que no ha querido fomentar la nostalgia del futbolismo setentero y ochentero, pero para los lectores de mi edad es inevitable, pues “nacimos” al fútbol y al españolismo en esas décadas y guardamos esa época en un rinconcito del corazón, cuando el especial de verano que editaba “Don Balón” pasaba a ser nuestra Biblia, nuestro libro de cabecera, más importante que el temario de Ciencias Naturales o que las revistas de destape que caían en nuestras manos (Victoria Vera, Ágata Lyss, Bárbara Rey, Ornella Mutti y otras tantas vedettes a las que siempre estaremos agradecidos… que Dios las bendiga).

Tiene razón, que para eso es abogado, pues aunque uno tiene edad ya para cultivar la nostalgia, la melancolía por el tempus fugit y la juventud perdida, no hay que enrocarse en el pasado y quedar atrapado en un bucle temporal. Pero nada de malo tiene hacer arqueología del fútbol y aprender cosas nuevas o recordar otras que el paso del tiempo cubrió con el manto del olvido. Así descubre uno que en 11 años de pertenencia al RCDE, Fernando Molinos, un centrocampista peleón y corajudo, marcó un gol. Uno. Mucho me parece porque su desempeño no era lo que se dice muy ofensivo y no era un virtuoso del regate. Incluso, hablando del protagonista, ni siquiera recordaba que Canito hubiera militado un año en el Cádiz CF, aprovechando que cumplía el servicio militar en la zona. O que faltó un pelo para que Meler fichara a Cruyff, tras el paso del astro holandés por el Barça: 300.000 leandras por partido.

Anécdotas sabrosas a cada párrafo. Ratón de hemeroteca, el autor extracta declaraciones de Canito, y de otros protagonistas (las de sus entrenadores, Santamaría, Irulegui, Heriberto Herrera, Rifé cuando cruzó la Diagonal, o Magu), recogidas por la prensa deportiva de entonces: “Dicen” y “4-2-4”. Y por sus páginas desfilan, como en una película coral de Berlanga, los protagonistas del momento, el presidente Meler, érase un hombre a un puro pegado (de Filipinas, claro es), Solsona, Marañón, con quien Canito tuvo algún desencuentro, los indisciplinados Caszely, Jeremías y Ortiz Aquino, o jugadores de la talla y nombradía de Kempes o Pirri, el espejo en el que aspiraba a mirarse nuestro líbero heterodoxo e indomable.

El malogrado protagonista, el George Bestdel fútbol español, Beltrán dixit, da nombre hoy a la grada de animación de nuestro estadio. Buena cosa sería que esos cientos de muchachos apasionados que aportan colorido a la grada y ambiente al partido, le echaran el guante al libro de Jesús Beltrán para mejor conocer la vida y obra del Beckembauer de Llavorsí, con sus claroscuros y ese carácter y temperamento que le convirtieron en un personaje excepcional. Qué mejor homenaje a Canito que ser partícipe de sus días de gloria y de sus caídas a los infiernos. Ese perico tan entrañable como extravagante que, vistiendo la camiseta del Barça, alzó los brazos en el Camp Nou al ver en el marcador electrónico que el equipo de sus amores ganaba a domicilio al Hércules de Alicante y sumaba dos puntos de oro para salvar la categoría, aguantando a pie firme el broncazo del graderío.

Esa fue la divisa de Canito: caer y levantarse, para caer otra vez y levantarse de nuevo. Hasta que llegó el día en que ya no se levantó más e ingresó para los restos en el ámbito de la leyenda. También Canito, en el regazo de una nube, en la nube de los angelitos traviesos, se marca hoy unos pasos de baile a lo “Travolta” para celebrar que su Español regresa a primera. Así le llamaban, “Travolta”, por su atuendo inspirado en otro quinqui, el Tony Manero de “Fiebre del sábado noche”, y por su afición al discotequeo. No tenía la menor duda: mi amigo Beltrán ha ganado por goleada el juicio abierto contra su cliente: Canito ha sido absuelto.

Javier Toledano Ventosa.

Perico de Los Palotes.

Peñista en Doctor Gert.


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