El malogrado Félix Romeo contaba en su primera novela, “Dibujos animados”, cómo el joven protagonista de su historia, un niño gordito zaragozano, había sido enviado a pasar unos días con unos amigos de sus padres en un modesto bloque de pisos de Hospitalet. La familia de Hospitalet vivía absolutamente entregada al Español: “Había un reloj con el escudo del Español. Y los cepillos de dientes eran de rayas azules y blancas. Y había posters del Español por toda la casa. Y toda una vajilla. Comíamos sobre la cabeza de Cayetano Re o de vete a saber qué jugador del Español”.

En la narración, aquel niño gordito recuerda cómo de aquellas alineaciones del español, Cayetano Re a un lado, sólo recuerda dos nombres: Ocampo y Molinos. Hasta donde yo sé, nunca jugó ningún Ocampo en el RCDE, ni tan siquiera en su realización en plural, Ocampos. Sé que con ese nombre hubo en España algún paraguayo de aquellos llamados “oriundos”, pero no me consta que pasara por Sarriá. Lo de Molinos es distinto, porque Molinos fue uno de los grandes activos del club durante los últimos años setenta y primeros ochenta, y siento una especial afinidad por él, por motivos que ahora vendrán al caso.


Como es natural, el niño de la novela de Félix Romeo o el mismo Félix Romeo mezclaban referencias: difícil no adulterar el pasado cuando se trabaja solo en base a recuerdos.

Molinos, que es quien nos importa, es uno de esos futbolistas de club, raza hoy extinguida desde que la justicia europea le dió la razón a un señor apellidado Bosman. La querencia futbolística de Molinos le venía ya por parte de padre, entrenador de fútbol y también periodista deportivo. De hecho, quiso el destino que Fernando naciera en Soria y no en Zaragoza, ciudad de donde era originaria toda su familia. Resulta que el señor Molinos padre se encontraba entonces entrenando al CD Numancia, y fue en Soria donde nacería nuestro protagonista; tras pasar por el juvenil y el filial del Real Zaragoza, debuta en el primer equipo en 1970, siendo fichado por el Español en 1974. Tenía 22 años y firmaría por tres temporadas, fichando por una cantidad que rondaba entre los tres y los cuatro millones de pesetas de la época. En los enfrentamientos con el vecino rico, siempre se escuchaba a Asensi con la misma cantinela: “Ojo, que viene Molinos”

Para mi Molinos -al que no vi nunca jugar, y al que solo conozco por referencias, ya que nací en los últimos años setenta- es una chapa blanca, una chapa perfectamente redonda de Chufi o quizá de Ché. En mi equipo de chapas del Español, Molinos jugaba siempre en el centro del campo, pues su esférica redondez, sin aristas ni terminaciones en puntas, permitía repetir el juego de una forma armónica y ordenada. Con el peso adecuado, algunas de esas chapas podían convertirse en auténticas leyendas de barrio. Sí, Molinos era el jugador más poderoso de mi equipo de chapas, porque aquella chapa había sido sin duda apalancada con mimo y cariño por algún camarero, consciente de que las chapas dobladas nos resultaban inservibles y anti-estéticas. Así se lo hacíamos saber toda una generación de niños de los ochenta a nuestros padres, y estoy seguro de que más de un lector de éstas líneas compartirá mi opinión.

Recuerdos o melancolías a un lado, y ya en un plano futbolístico real, en el momento de su retirada (1984), Molinos era uno de los tres futbolistas del RCDE que más partidos había disputado, rondando los trescientos. Notable fue su participación en la temporada 76/77, en la que el Español disputó la Copa de la UEFA, eliminando al Niza y al Eintracht (el de Braunschweig, no el de Frankfurt), cayendo eliminado ante un Feyenoord que, junto a Ajax y PSV, conformaba la columna vertebral de la selección holandesa de la época. Por allí andaban también Verdugo, Cuesta, De Felipe, Canito, Fernández Amado, Osorio, Jeremías, Aquino, Marañón, Caszely o Solsona… Ahí es nada.

Curiosamente, Molinos colgará las botas diez años después de su llegada al club, procedente del Zaragoza; entrevistado con ocasión de su partido de homenaje, dice: “Estoy convencido de que hay muchos jugadores de mi club con más carisma popular que los del FC Barcelona. Pienso que nosotros conectamos mejor con la gente, a nivel general (…) Me dolería no ver en Sarriá a la gente que me aprecia. Siempre he creído que los españolistas somos pocos, pero bien avenidos”.

José Miguel Gala

Perico y madrileño, autor de “La maldita vida futbolística de Wolfram Wuttke”

 

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