El Espanyol no suele tener el papel de favorito al inicio de una temporada. Tradicionalmente, ir de tapado y dar la campanada se le ha dado mejor que cumplir con expectativas muy altas. Pero este año todo es distinto: estar en Segunda División te obliga a ser una apisonadora.

Ser el mayor presupuesto de la categoría con una diferencia abismal respecto al resto de rivales te añade casi tanta presión como la historia que representas. El Espanyol tiene a determinados futbolistas con contratos más propios de clubes europeos que de aspirantes a ascender. Por todo ello, nos hemos hartado de escuchar que está obligado a volver a Primera División (con toda la razón, dicho sea de paso).

La temporada empezó con el Espanyol demostrando en líneas generales su favoritismo. Líder en solitario, encajando 2 goles en 10 jornadas y mostrando una solidez admirada y envidiada por sus rivales. En definitiva, estaba confirmando el temor y el respeto deportivo que le tenían los contrincantes.

Todo eso ha desaparecido. Caer derrotado contra el Rayo en casa cuando vas ganando 2-0 al descanso es el ejemplo perfecto de perder la superioridad moral y competitiva que habías logrado en el primer tramo del curso. La fortaleza del Espanyol de Vicente Moreno era ser implacable en defensa y muy efectivo en ataque. Ahora, tiene lagunas por todas partes.

Creo en Vicente Moreno. No le pido un juego espectacular ni un estilo en el que no crea. Lo único que sí es exigible es que tome decisiones y no se deje arrastrar por la corriente. Si el equipo encaja el 2-1 contra el Rayo, es inaceptable asumir que terminará siendo remontado. Estás en Segunda, eres el Espanyol. Amarra los tres puntos como sea.

No se puede olvidar que el ascenso es una obligación. Jamás un premio para el RCD Espanyol. Lo contrario sería traicionar a la historia. Hay jugadores que no pueden seguir una temporada más en el club, pero eso no podrá cambiar hasta verano. Para entonces, hay que estar en Primera. SÍ o SÍ. Y para conseguirlo, sólo hay un camino: recuperar el estatus y el respeto perdido por los rivales.

Brian Calvo Sánchez

Redactor de La Contra Deportiva


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