Buena noche de fútbol en Vallecas. Minuto 90: el árbitro pita un penalti por falta sobre Hernán Pérez. Los pocos hinchas que nos desplazamos lo celebramos como locos. Sacaremos 3 puntos, nos pondremos con 13. Un sueño.

Y de repente le avisan al árbitro de que ha sido falta fuera del área y toda la alegría desbordante se convierte en abatimiento. Te invade esa sensación de impotencia. Este convencimiento de haber hecho el tonto después de que el árbitro había señalado el punto fatídico.

Pero no es la primera vez que nos quedamos con esta cara de tontos. En Vitoria Sergio García marca el 0-2. Todos los jugadores y los hinchas celebrándolo y minutos después, cuando los 22 ya se habían colocado para efectuar el saque desde el centro del campo los “4 Magníficos” le dicen al árbitro que espere un momento ya que iban a revisarlo. Nuestro alegría desbordante, nuestros saltos y cánticos se convierten en un mar de lágrimas. Y encima el Alavés luego nos mete dos y con cero puntos y un cabreo monumental a casita.


Todo esto me recuerda un anuncio en la televisión sueca en el que un padre ve por la tele que ha acertado todos los números de la primitiva. La pesadilla de la hipoteca ya pertenece al pasado, se comprará un coche de lujo para dar envidia a sus espantosos vecinos y llevará a su familia a unas vacaciones de aúpa. Y de repente el hijo de la familia le dice que se le ha olvidado sellar el boleto. Es lo que me pasa con el VAR. Este baño de sentimientos, esta montaña rusa de la alegría desbordante a una frustración terrible. Lo que antes con el árbitro “tradicional” podría durar unos segundos ahora son minutos que parecen interminables.

Para los jugadores tiene que ser parecido. Celebras un gol, lo dedicas a alguien y tus compañeros se abalanzan sobre ti. Hasta te has quitado la camiseta y te enseñan la amarilla.

Y luego llega el mazazo del “Tribunal Supremo”. ¿Te quitarán la amarilla? Porque si no hubiera sido gol en el último minuto obviamente no te habrías quitado la camiseta.

¿Cuál puede ser la estrategia a seguir? El árbitro pita un penalti en el tiempo del descuento con un 2-2 en el marcador. Entonces tu centro de control racional manda un mensaje a tu sistema emocional y le transmite, oye, no hagas nada, no lo celebres, vamos esperar el veredicto de los 4 magníficos. Te controlas y te quedas como paralizado durante varios minutos y luego cuando el árbitro concede el tanto, gritas gol, empiezas a saltar, a enseñar la bufanda y a decir algún “piropo” a la hinchada rival. Haber activado el temporizador emocional a tiempo evita que hagas el ridículo y que luego te quedes con esta cara de idiota.

En Vallecas por megafonía amablemente nos dieron una pequeña lección sobre la aplicación de este nuevo sistema. Pero aun así me cuesta asimilarlo. Los señores del VAR como “Big Brother” que están controlando todo. Antes los que tomaban las decisiones estaban a la vista, podías pitarles, protestar, ahora son unos señores que no les conocemos y no les vemos.

Aparte de activar en cada partido el temporizador emocional, a lo mejor el psicólogo de nuestro RCDE nos podría dar unos consejos, tanto a los jugadores, como a los hinchas pericos, para hacer más soportable este nuevo sistema de control arbitral. Falta nos hace.

Dieter Wiggert

Perico salmantino

 

 

 

 

Comentarios

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2 COMENTARIOS

  1. Sensacional, don Dieter… quienes somos más contenidos, lo soportaremos, pero… me temo que el dichoso VAR disparará antes del partido el consumo de ansiolíticos, desplazando a un segundo puesto a la cerveza… habría que distribuir entre los hinchas uno de esos temporizadores de emociones para enchufarlo al córtex cerebral… pero, me pregunto, esas emociones demoradas hasta el veredicto del VAR… ¿serán emociones devaluadas, emociones impostadas?… ¿después de dos minutos de deliberación el gol concedido a favor suscitará los mismos saltos de alegría?… ¿el video matará a la estrella de la radio?…

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