Tommy N’Kono, leyenda del RCD Espanyol y actual entrenador de porteros del primer equipo blanquiazul, ha concedido una entrevista muy interesante esta semana en El Confidencial de la que nos hacemos eco a continuación.

PREGUNTA: Empezó su meteórica carrera en los campos de tierra de Douala, en su Camerún natal. ¿Cómo fue su llegada a la Primera División de su país?

RESPUESTA (Thomas). Empecé con 16 años en Segunda División y rápidamente pasé al Canon Yaoundé. Eran campos de tierra y jugaba con pantalón corto. Ahí, entre 1973 y 1975, coincidí con el exportero yugoslavo Vladimir Beara que había venido al país como entrenador nacional. Por primera vez en mi carrera, un profesional me mostró la importancia del aspecto técnico en los guardametas. Me fabricó un muro con números donde yo tenía que chutar el balón y afinar la precisión de los golpeos según las cifras que él iba gritando y luego, buscar atrapar el rebote. Me enseñó a perfeccionar el despeje de puños, a atrapar el cuero con una mano y a coordinar el juego aéreo.

P. ¿Con pantalón corto?

R. Sí, sí. Hay mucha gente que no puede separar mi imagen de la del pantalón largo y el bigote, pero hasta la temporada 80-81 yo jugaba con pantalón corto. Entonces, un amigo mío que había jugado en el Bochum alemán me pasó unos pantalones de reserva que tenía y a partir de ahí ya no me pude despegar de ellos. Fue una salvación, porque antes, cada vez que me tiraba al suelo, me lijaba las piernas.

P. Antes del Mundial del 82, Helenio Herrera vino a ver la eliminatoria contra Marruecos donde paró un penalti y ganaron. Ahí le colocó el apodo de ‘El Brujo’, un mote que siempre le perseguiría.

R. Lo recuerdo. Dijo que verían una sorpresa en la cita mundialista. Esa sorpresa venía de África y se llamaba Thomas N’Kono (ríe). Lo del ‘Brujo’ viene de lejos. Antes de viajar a España, jugamos con el Bochum. Íbamos 0-0 y el árbitro pitó un penalti. Entonces, fui al seleccionador nacional, Jean Vincent, y le dije «míster, tranquilo. No se preocupe que voy a parar el penalti». Y, efectivamente, lo paré. Entonces Jean cogió y me dijo que se tenía que llevar mi camiseta, que le daría suerte en el futuro. Yo se la dí y a partir de ahí, cada vez que teníamos un partido complicado se la ponía debajo de su ropa. En Camerún también me llamaban ‘El señor del 60%’, porque era capaz de hacer ganar a mi equipo en ese tanto por ciento.

P. No es la única anécdota que conserva de Alemania.

R. No, no (ríe). Cuando estuvimos haciendo la preparación allí, no teníamos caja fuerte. Nuestro segundo entrenador iba con una mochila cargada de fajos de billetes que le acompañaba allá donde fuera. Era el que tenía el dinero que representaba todo el presupuesto de nuestra federación. Así, que cada vez que entrenábamos…¡corría con la mochila como si fuera su hijo!. Si llega a perderla el primer día, nos quedamos sin pasta.

P. España 82′ fue la primera cita mundialista para su país, con una base de jugadores de la liga local. Empataron los tres partidos, encajó un solo tanto y únicamente la diferencia de goles con Italia impidió que ustedes se clasificaran. El escritor Mario Vargas Llosa se deshizo en elogios hacia su figura en un periódico peruano. “Si hubiera que quedarse con uno solo de los leones indomables, yo rugiría inmediatamente por N’Kono. Es un señor arquero».

R. Visto con perspectiva, creo que si hubiésemos tenido más experiencia en el aspecto competitivo, podríamos haber pasado. Teníamos un equipo con mucho talento y fuerza para avanzar a la segunda ronda, pero no lo hicimos. De verás pienso que la eliminatoria la perdimos de verdad antes, contra Perú y Polonia. Nos anularon un gol que era válido ante los sudamericanos. Ante los polacos…me he visto la segunda parte y le pasamos por encima, pero no marcamos.

P. En ese partido ante Italia, en Vigo, se resbala y Francesco Graziani anota el primer tanto del encuentro. Dos años más tarde, desde el país transalpino, el semanario Época publicó un artículo donde se destapaba la compra del partido a través de los servicios de seguridad de Camerún y de un amigo italiano de Roger Milla.

R. Es mentira. Los que pensaron y dijeron eso no entienden qué significa representar un país para el continente africano. Representas los colores, la gente. ¡Eso no se vende ni se compra!. Ellos tuvieron la suerte de marcar primero y nosotros empatamos el partido al minuto, pero no nos vendimos. El éxito de Italia 90 se empezó a gestar en España 82.

P. Tejió una gran amistad con Roger Milla.

R. Es sorprendente, porque a pesar de jugar en equipos rivales en Camerún, desarollamos una vínculo emocional muy fuerte. Quedábamos en su casa, intercambiábamos ideas, comíamos juntos e íbamos a pasear.

P. La aventura en España le sirvió de escaparate para volar a Europa y abrir la puerta a los jugadores africanos en el continente. Fue el primero en dar el salto. Por usted se interesaron el Racing de Santander, el Fluminense y el Flamengo, pero vino al Espanyol.

R. Antes de llegar al Espanyol tuve una oferta para jugar con el filial del Barça, pero no di el paso por entonces.

P. Aterrizó sin saber el idioma y el club le puso una acompañante para que cuidara de él y de su familia, Júlia Contreras.

R. ¡Y sin que hubiese entrenador de porteros! El equipo estaba disputando un amistoso en Pamplona y me puse a las órdenes del segundo, ‘Pepe’ Mauri. No conocía a nadie. Era mi mamá blanca. Ahora yo me estoy ocupando de ella, porque su familia la ha abandonado. La he llevado a una residencia, la voy a visitar una vez a la semana, la llamo dos o tres veces. Es la madrina de mi hija y la vamos a visitar siempre que podemos. Le damos lo que necesite igual que ella nos lo dio a nosotros. Es una gran mujer y nos facilitó un proceso difícil.

P. Ese primer año coincidió con Diego Armando Maradona y visitó estadios como el Santiago Bernabéu, San Mamés, Atocha, Camp Nou…

R. Recuerdo el primer derbi que jugué. Me preguntaron, vas a jugar delante de 100.000 personas, ¿no te dará miedo?. Yo me tiré un farol y les dije «¿Miedo? No, no, qué va. Estoy acostumbrado porque he jugado delante de 120.000 en África». Al principio no me enteraba de nada ni hacía caso al contrario. Así que estaba metido en hacer un buen partido e imponerme. Nada más. Luego recuerdo ir al Bernabéu y darme cuenta de lo que me respetaban.

P. ¿Por qué?

R. Yo sacaba muy largo de portería y eso hizo que el Real Madrid modificara su táctica para ponernos en fuera de juego, la gente me respetaba. Luego recuerdo ir a San Mamés. Era mi primer invierno. El cielo estaba negro. Empezó a nevar y yo alucinaba. En la previa, el entrenador José María Maguregui apareció a bote pronto y me dijo «¡Ay qué le voy a poner a mi negrito hoy!». Quería ponerme un chubasquero. ¡Un chubasquero para jugar de portero! (ríe). Yo no quise y, además, hice un buen partido a pesar de perder. Era el Athletic Club campeón. Los vascos, en aquella época, eran equipos muy duros y complicados. Te exigían mucho en el juego áereo y tenías que jugar muy bien para rascar puntos.

P. En la 1983-84, usted ya dominaba el idioma y tuvo una de sus peores experiencias con el racismo en el deporte al visitar el Camp Nou. Tras el partido, comentó a los medios de comunicación: «Yo acepto que me llamen negro y me canten canciones, pero ¿por qué me tiran cosas? No entiendo cómo me lanzaron plátanos desde un determinado sector (los Boixos Nois). No pude contenerme y les hice un corte de mangas». ¿Cómo lo vivió?

R. Lo más curioso es que una parte del estadio me llamaba de todo y me lanzaba objetos mientras la otra le silbaba para que no siguiera coreando esos cánticos. Yo, personalmente, me lo tomaba como un desafío. Los que tenía detrás de mi portería me querían aplastar moralmente. Querían ganar como pudiesen. Esa era la filosofía.

P. Más adelante, en la temporada 1986-87, llegaría Javier Clemente. No le gustaba su técnica a la hora de atrapar balones con una sola mano.

R. No, no. Se enfadaba mucho. Digamos que no lo veía claro. Mucho riesgo. Le decía que eran balones llovidos y largos y era un recurso que yo tenía. Otro día, controlé un balón, lo pinché y salí jugando con los pies. Pam. Pam. Pam. Luego, cogió y me comentó «muy bonito, sí; pero como falles vas a ver el partido a mi lado». Era un entrenador con un carácter especial, sin duda. Muchas veces, entraba por la puerta del vestuario y le decía, «buenos días, míster» y me contestaba «serán para tí, chaval» (ríe). Terminamos con una gran amistad porque nos cogimos mucho cariño y tuvo tiempo de conocerme. Conoces a la gente cuando tienes dificultades.

P. En esa Liga, debutaron contra el Atlético de Madrid en el Vicente Calderón y empataron con una actuación antológica del árbitro del encuentro, García de Loza.

R. Marcamos primero con gol de Michel Pineda. Todo va bien hasta que ‘Job’ derriba a Quique Ramos en el interior del área. Pues bien, me estoy sacudiendo las botas en el palo cuando Roberto Simón Marina lanza el penalti al palo opuesto, no estoy ni colocado y el árbitro lo da por bueno. En lugar de mandarlo repetir, coge y lo da. Yo cabreadísimo. No entendía nada. Luego lo metieron tres meses en la nevera por falta técnica y siempre que me veía en los partidos, me lo recordaba.

P. Terminan terceros y se clasifican para la UEFA donde realizaran una de las mayores hazañas en la historia del Espanyol. ¿Cuál era el secreto de aquel equipo?

R. Nos encontramos con que el equipo tenía un grupo fuerte que llevaba junto casi seis años. Luego entraron ‘Pichi’ Alonso, Ernesto Valverde, Santi Urquiaga, José Javier Zubilaga, ‘El Pipiolo’ Sebastián Losada…ellos nos dieron el empujón necesario para hacer un equipo histórico y sólido. El curso siguiente fue un año difícil porque no existían las rotaciones y -casi- siempre jugábamos los mismos, pero en la UEFA nos salió un gran torneo. Eliminamos a todos los cocos que nos tocaron.

P. Primero eliminan al Borussia Mönchengladbach y luego les toca, nada más y nada menos, que el A.C. Milan de Maldini, Baresi, Van Basten, Ancelotti, Donadoni y Gullit dirigido por Arrigo Sacchi. Vencen por 0-2 en Lecce y conservan el empate en Sarrià. La prensa le bautizó con el sobrenombre de «El Diablo Negro» tras el duelo.

R. El partido estaba programado para las 15:00 de la tarde. Una hora a la que ellos estaban acostumbrados a jugar y nosotros no. Pues bien, había que adaptarse. A las 10:00 de la mañana estábamos comiendo spaghetti. Era un cuadro aquello. Sin embargo, nos salió bien. Me sentía imparable. Es de esos días donde te sale todo y es imposible que te marquen un gol. Al delantero Paolo Pietro Virdis le amargué la tarde; le atajé dos o tres mano a mano. Luego me miraba todo el rato. Me hacía gestos de no entender nada con la cabeza. Y yo estaba volando.

P. ¿Cómo preparó el choque Clemente? ¿Alguna clave?

R. Javier llamó a Gallart y le dijo «¿ves al negrito ese con rastas (refiriéndose a Ruud Gullit)? Pues ese es para ti. Si juega, lo sigues hasta el vestuario si hace falta. Tu función es ir detrás de él. Y vaya si lo hizo.

P. Se pierde los cuartos de final contra el FC Vítkovice y la ida en semifinales en Brujas, donde el Espanyol cae por 2-0. En la vuelta, el equipo lograría la machada con prórroga incluida y se clasificaría para la primera final europea de su historia.

R. Orejuela, Losada y Pichi Alonso. No lo olvidaré. Sarrià estaba a rebosar y era un templo. Lo primero que veíamos eran las escaleras y en el calentamiento te metías en el vestuario. No sabías qué cantidad de gente te ibas a encontrar hasta pisar el césped y salías al ruedo como los toreros. Cuando subimos y observamos a toda aquella gente animando sin parar…fue impresionante. Estoy muy agredecido de todo lo que he podido vivir en este club.

P. En la final de la UEFA (a doble partido), ganan por 3-0 en España. En la vuelta, se produce la catástrofe perica. Tres décadas después, ¿cómo se explica aquello?

R. Hay cosas que, por mucho que le busques la explicación, no la tienen. El fútbol es así y puede pasar de todo. Entra dentro de los parámetros anímicos y la locura del deporte. Yo creo que el equipo nunca había pasado ese trance y no supimos tranquilizarnos cuando las cosas se torcieron tras el descanso. Nos faltó experiencia internacional, porque llegamos al descanso con el 0-0.

P. ¿Qué les dijo Clemente al descanso?

R. Nos explica que tenemos que seguir jugando de la misma manera. De hecho, si ves la primera parte, no tienen ninguna oportunidad clara. A raíz del error que tenemos Miguel Ángel y yo en el 1-0, ellos se crecen. Nosotros no tuvimos picardía ni malicia. Cuando quisimos reaccionar ya íbamos 3-0 en contra y los penaltis nos esperaban a la vuelta de la esquina.

P. Lo cierto es que la tanda empieza mal para ellos.

R. Yo sabía dentro de mí que iba a parar uno por lo menos. Y lo hice. Les dije a mis compañeros que teníamos que tener la tranquilidad de marcar los nuestros, pero…ya es agua pasada, por mucho que doliese. Recuerdo que, tras la final, me perdí en un bosque. Estaba tan cabreado que no encontraba nuestro bus y había tantos que hasta me perdí. Confieso que no he podido volver a ver ese partido. Ese y el de los cuartos de final de Italia 90′ ante Inglaterra son los únicos dos que no he podido volver a ver.

P. Una de las decisiones más controvertidas de Clemente fue apear a Lauridsen del equipo y dejarlo en la grada de Leverkusen.

R. John lloró como un niño. Y yo, como siempre compartía habitación con él, sufrí muchísimo. Era una oportunidad de estar, por lo menos, en el banquillo porque nunca sabes si podrás repetir esa experiencia. Sé que todos los futbolistas lo entenderán. Uno trabaja mucho para llegar a esas citas y él no pudo aprovecharlo. En la previa no hablamos del partido.

P. En la campaña 1988/89, el Espanyol pierde a Lauridsen, Losada, Valverde, Zúñiga, ‘Job’, Soler y se produce el descenso a Segunda.

R. Fue muy duro. Mira que no me acuerdo de los árbitros, pero en la promoción contra el Mallorca nos anularon un gol legal de Golobart. Lo mete con el pecho y Urío Velázquez señala mano. Nos hubiese clasificado y, en cambio, bajamos. Sin embargo, eso hizo que nos uniéramos. Entre nosotros acordamos que todos los que teniamos contrato debíamos hacer todo para enviar al Espanyol de vuelta a donde merecía. Y lo conseguimos.

P. Italia 90′ fue el mundial de Diego Armando Maradona, pero también el de su selección. Y eso que al principio comenzó de forma accidentada antes incluso de que el balón rodase, puesto que Milla estuvo a punto de quedarse fuera.

R. Antes de viajar a Italia fuimos al partido homenaje del capitán, Theophile Abega, en Douala. Roger, que jugaba en la liga local, se salió y además nosotros no teníamos mucho gol. Así que los ministros, el presidente de la república y diferentes empresarios lo convencieron para que jugase.

P. Usted partía como suplente, por detrás de Joseph-Antoine Bell.

R. Estaba luchando para subir con el Espanyol. Cuando llego a Yugoslavia, donde nos preparábamos, me reuní con el entrenador, Valeri Nepomniachi. Me cuenta que está bien que haya ido, pero que su idea es que sea suplente. Le digo que no entiendo el porqué y me explica una película sobre el cambio de sistema y la defensa adelantada. Le digo «míster, esto es lo mío. No hay ningún sistema que se me pueda escapar». Así que llamo a mi mujer para decirle que vuelvo a Barcelona, pero me convence para que luche. Así que me pongo manos a la obra y juego el último partido contra Yugoslavia sub-21.

P. El debut de los ‘Leones Indomables’ fue, nada más y nada menos, contra la Argentina de Maradona, flamante campeona del mundo.

R. El día antes le confieso a mi mujer que no me iba a sentar en el banquillo porque solo había espacio para seis jugadores y yo no estaré. Que nos vayamos a verlo juntos a la grada. Por la mañana, vamos a desayunar y me llama el entrenador a una sala. Me dice que voy a jugar yo, con el traductor de intermediario. Pero entonces, no puedo contactar con mi mujer para avisarle de que voy a jugar. Faltan seis horas para el pitidio inicial y no la encuentro por ningún lado. Busco en el hotel, le dejo mensajes, no hay manera. Si no la encuentro para avisarle, no jugaré. Y ahí, la gente de la federación me dice que, si no juego yo, van a poner a Songo’o, pero que Bell no lo hará. El presidente de la república me convence y a cinco horas del debut, decido jugar. Por fortuna, lo hice.

P. «Nosotros no tenemos a Diego (Maradona) pero vamos a sorprender con Omam-Biyik, que está jugando muy bien en el Stade Lavallois de Francia. Es nuestro goleador», dececlara en la previa.

R. Reforzamos la defensa y nos encomendamos al contragolpe. Cuando Diego tenía el balón, íbamos como leones a por él. El marcaje que le hicimos fue bastante fuerte, la verdad. Él no supo cómo superar esa situación y terminamos con dos jugadores expulsados. Su tobillo era una pelota de tenis. Lo de Omam fue parte del destino. Dormíamos juntos y le decía de cachondeo que descansara porque marcaría el gol de la victoria y al final, tac. No obstante, creo que el partido lo ganamos en el calentamiento.

P. ¿Cómo?

R. Mientras la FIFA hacía su fiesta inaugural, los equipos debían calentar en los vestuarios, en una sala especial. Así que los argentinos fueron los primeros en calentar. Gritaban y cantaban, pero cuando fuimos nosotros…cantamos mucho más fuerte. Les comimos la moral. Yo calentaba solo en el vestuario, como un boxeador. Y Diego, igual. Cuando nos vimos a la media parte, me espetó, «oye, pero tú no ibas a no jugar?» Y se lo expliqué. Luego salió Omam diciendo aquello de «Odiamos cuando los periodistas europeos nos preguntan si comemos monos y tenemos un hechicero. Somos verdaderos jugadores de fútbol y lo demostramos esta noche”.

P. En su autobiografía ‘Yo soy el Diego (el de la gente) Maradona narra la advertencia del doctor y seleccionador albiceleste, Carlos Bilardo, tras el triunfo de su selección: “Si perdemos contra la Unión Soviética, le pagamos un paracaídas al piloto y yo manejo el avión hasta que nos estrellemos».

R. (Ríe). Me enteré después, porque en ese momento estábamos metidos en nuestro mundo. Concentrados. Yo les dije a los chicos que el primer partido era nuestro billete para la siguiente ronda. Luego derrotamos a la Rumanía de Popescu y Hagi, caímos contra la Unión Soviética y nos metimos en octavos de final.

P. Ahí se vieron las caras con la selección del ‘Pacho’ Maturana. Con Valderrama, Higuita, Leonel Álvarez o Freddy Rincón entre otros. Roger Milla le robó la cartera a Higuita en una postal inolvidable.

R. Milla era pura intuición. Sabía que iba a hacer eso. Él era muy astuto e intuitivo y no podías hacerle eso en su cara porque te pillaba. Su mente viajaba muy rápido y, además, lo había estudiado. Su doblete selló el pase y logramos meternos entre los ochos mejores países del planeta. Era la primera vez en la historia que un país africano lo lograba.

P. Inglaterra se cruzó en los cuartos y su sueño se esfumó.

R. Fue nuestro mejor partido del Mundial. Creo que el primer penalti que nos pita, no lo es. Si fuese hoy, con el VAR, no se hubiese pitado penalti. Por otra parte, el segundo es dudoso, porque Lineker se abalanza sobre mi. Nos arrancaron una posibilidad histórica para África. Era todo un continente apretando por nosotros. No solo un país. Nos birlaron la semifinal faltando ocho minutos para el final. Y mira, algunos tuvieron suerte, porque nos habíamos quedado sin presupuesto para las primas.

¿Cómo?

R. (Ríe). El Gobierno de Camerún se había quedado sin presupuesto para la competición. Cada vez que íbamos superando rondas, caía una prima. Pero el dinero se acabó en octavos de final tras eliminar a Colombia y la federación tuvo que enviar a alguien a nuestro país con el objetivo de reunir más dinero porque no tenían más en caso de apear a Inglaterra. En aquel momento todo era en efectivo, así que el que se fue a Camerún, ya no volvió a Italia.

P. Una vez eliminado del Mundial se enteró que el Espanyol le había encontrado sustituto y que su tiempo en el club había acabado. Se pilló un buen mosqueo.

R. Estaba muy decepcionado porque el presidente de aquel momento (Julio Pardo) me prometió que iba a renovarme y a raíz de eso ganó las elecciones. No cumplieron su palabra, ficharon a José Vicente Biurrun y yo tuve que seguir mi camino en el Sabadell.

P. Antes de colgar las botas (y los guantes) para dedicarse a ser entrenador, sufrió un envenenamiento en su país en 1991. ¿Qué pasó en Camerún?

R. Estábamos en Yaoundé. El día anterior había estado con Roger Milla y pasamos la noche vieja juntos. El día uno tenía que volver a Barcelona, pero no tenía teléfono en casa, así que fui a un hotel para llamar a mis hijas. Total, que entro en un cuatro estrellas y un hombre me invita a un café. Le digo que gracias. Cuando me doy la vuelta para hablar me noto raro. Hormigueos. Dolor de cabeza. Todo me da vueltas. Menos mal que había avisado a mi mujer de que me había sentado mal el café y me llevó a urgencias. Allí, en el hospital, me hicieron un lavado de estómago y me salvé.

P. Cuando estaba en Bolivia, tuvo que vivir la demolición de Sarrià (20 septiembre de 1997) por la televisión.

R. Y menos mal, porque no habría podido soportarlo. Cuando volví de Sudamérica, la gente me lo contaba. Muchos se llevaron trozos del estadio. Asientos, parte de las redes, césped, espejos de los lavabos. La secretaria de dirección, María Bosch, me explicó que se encerró en el despacho y que no la consiguieron sacar hasta el último momento antes de que detonasen la bomba que demolió el estadio de Sarrià. Nosotros, como jugadores, no sabíamos que iban a vender el campo.

P. Sus primeros pinitos fueron en la selección nacional. En el 2000, usted dirige a Camerún en los Juegos Olímpicos y ganan el oro contra España.

R. Fue muy especial. España con Puyol, Xavi Hernández, Marchena, Raúl Tamudo, Angulo, Velamazán, Gabri, Capdevila, Albelda… y nosotros con Kameni, Eto’o, Gemeri, Lauren. En el partido, Kameni le paró un penalti a Angulo porque lo teníamos estudiado y en la tanda final, después de remontar el 2-2, Amaya falla y nosotros marcamos todos. Siempre lo digo. Kameni era mi hijo futbolístico. Era muy profesional y creo que fui demasiado duro con él. Muy exigente. Le pedía el máximo. Asimismo, creo que se equivocó al afirmar que al Espanyol le faltaba ambición.

P. En febrero de 2002, Camerún se enfrentó en las semifinales de la Copa África contra Mali y acabó en una ensalada de tortas. A usted le acusaron de estar realizando magia negra. De nuevo, le tocó ser ‘El Brujo’.

R. Todo empezó el día anterior al partido. No nos dejaban entrar al campo. A las seis se hizo de noche y ellos decían que no podíamos entrenar. Encharcaron el campo, pero dijimos que íbamos a entrenar igualmente. Así que la excusa fue que el encargado de la luz ya se había ido. Al final entrenamos como pudimos y con el campo encharcado. Al día siguiente, más problemas. Saltamos el primer entrenador, Wilfred Schaffer, y yo a inspeccionar el césped. De golpe, salen dos policías, luego cuatro, luego seis y al final, ocho. Nos cogen de la pechera, me lanzan al suelo, me ponen las esposas porque dicen que he escondido un objeto de magia negra en la portería y nuestros chicos se enteran. Al final me liberaron y les dije a nuestros chavales que la mejor forma de vengarme era ganar el partido. Salieron y a los 30 minutos ya íbamos 3-0 a favor. Decían que yo era un brujo y que, cuando yo entraba, el equipo no perdía.

P. Hace un tiempo, el guardameta del Ajax de Amsterdam, André Onana, contestó en ‘RMC’ que los «clubs no confían en los porteros negros». ¿Qué piensa usted?

R. Lo que se tiene que hacer es mejorar dentro del juego. No hay que pensar que la gente no ficha porteros africanos porque no son inteligentes, sino por la exigencia del juego hoy en día. Hay que prepararse mucho más técnica y tácticamente. Nosotros tenemos una superioridad física de base, pero nos falta formación táctica y técnica. Y ahí es donde hay que hacer hincapié en la formación. Hoy el portero ya no puede jugar solo. Debe pensar todo el rato. Eso de moverse únicamente mediante instintos es parte del pasado. El portero que juega sin saber lo que puede pasar, está en el abismo del error.


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