Algunos lo recordaran y otros no, los más ni tan siquiera habrán oído hablar de él. El caso es que Gallego era un personaje entrañable del añorado Gol Sur de Sarrià. Sí, añorado. Con sus defectos y sus virtudes pero eternamente extrañado por los que tuvimos la suerte de disfrutarlo y a los que desgraciadamente tan solo nos queda de aquello, poco más que la memoria de unos jóvenes airados como canta el bueno de Loquillo.

Aquel fondo animaba desde el primer minuto sin parar, sin huellas, sin vallas de metacrilato, sin redes sociales (gracias a Dios). El cotarro lo solía animar un joven Sebas, al que la grada de vez en cuando le cantaba en tono jocoso aquello del  “Sebas no bebas, por favor Sebas, no bebas”. Jamás he visto a nadie en mis años de andaduras por esas gradas de España y parte de Europa levantar un fondo de animación como lo levantaba el legendario chico de la Verneda. Hoy retirado a los cuarteles de invierno para tan noble causa. Si bien recuerden, que los viejos rockeros nunca mueren.


Pero volvamos a Gallego. Entre cántico y cántico se producía en el Gol Sur una especie de ceremonia espiritual no escrita que conocían todos los que habían pasado un par de partidos en pie, sobre en el cemento del viejo Sarrià. Los miembros del fondo sabían perfectamente del ritual, que se iniciaba empezando a entonar con impecable coordinación, una frase que presagiaba que algo grande estaba por llegar: “Sube a la valla, Gallego sube a la valla”… Y Gallego con su gorra a lo Fito y Fitapildis, cuando Fito cantaba todavía con los Platero y Tú… Subía la valla, y a los jóvenes que allí estábamos nos empezaba a correr un cosquilleo de emoción desmesurada por la espalda. Echábamos la barbilla arriba y nos colocábamos en posición de pavo real. Teníamos un sentido de pertenencia. Y Gallego agarrado a los alambres de la valla, desde abajo, justo detrás de la portería y reclinado hacía adelante mirando al fondo empezaba a mandar como un director de orquesta. Chillando como si no hubiera un mañana: “En el gol sur de Sarrià” y la grada repetía… “Las Brigadas rugen ya” y el fondo volvía a repetir… Y Gallego seguía cada vez más fuerte “animando a su Espanyol”, (repitan conmigo) “y al que meta el primer gol” Y los animosos muchachos pericos devolvían el cántico a Gallego y acaban todos bufandas al viento al aullido unisono del mítico “Espanyol, Espanyol, Espanyol, Espanyol”.

Ustedes ya sabrán ponerle los tonos a las letras de las que les hablo. A menos claro, que sean hoy dirigentes del Espanyol, si así fuese, lo más probable es que no tengan ni pajorela idea de lo que les cuenta un humilde servidor.  Ni tampoco seguramente les importe…

Sea como fuere, al Gallego encaramado en la valla le seguía todo el Gol Sur. Por supuesto, la Penya Juvenil de la época también. La tribuna presidencial, la tribuna nueva y el popular amfiteatre dempeus. En resumen, Sarrià entera, (esa que de vez en cuando se iba de borrachera). Porque la comunión entre pericos no era ni mucho menos total ni absoluta. Pero si teníamos claro que éramos todos espanyolistas y que íbamos en el mismo barco. En primera, en segunda, en la salud y en la enfermedad, todos los días de nuestras vidas. Irreductibles en continua posición de formación contra el malvado opresor. No se trataba de lo que teníamos, era cuestión de lo que eramos.

Y viene esto a que hoy quería hablarles de otro Gallego. Nuestro nuevo y flamante entrenador. Estuve en Montilivi, lo seguí, lo analicé, me motivó… Y coincidí con mi buen amigo Tomás Guasch Llovensà, que el nuevo mister perico es un “Camachito” y además de la casa, que irradia carisma.

Que este Gallego del banquillo, con su porte de novillero encima. Como el del Gol Sur de Sarrià tiene madera de líder. Y que sí, que para nosotros David Gallego está para subirse a la valla y no bajarse en mucho tiempo. Y mucho menos para que nos traigan a otro triste, que para pena, penita, pena ya hemos tenido a Quique Sánchez Flores, que dicho sea de paso, tanta paz lleve, como descanso deja…

Robert Hernando

 

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