Tres aficionados del RCD Español, los hermanos Martín Hdez. (Jesús Manuel y Néstor) y Perico de los Palotes, hemos constituido extraoficialmente la peña “¡Keidi Bare, selección… albanesa!”. En su día “in-formalizamos” la peña “¡Stuani, mete gol… de una p*** vez!”. Por aquel entonces, el ariete uruguayo vestía la elástica blanquiazul y aunque de vez en cuando “mojaba”, nos irritaban sus remates mordidos a lo Rubén Cano y disparos “tobilleros”, centrados y sin fuerza, que atajaba el portero rival sin dificultad. Lo que son las cosas, Stuani cambió de aires y en el Girona FC (de la ciudad de Gerona) se transformó en un “killer” del área, excelente rematador de cabeza y apreciable “cañonero”.

Cómo no te va a gustar un jugador que, de entrada, se llama Heidi. Eso es lo que entendí al principio. Que se llamaba Heidi, como el personaje literario que dio lugar a una entrañable teleserie infantil de animación. Heidi correteando por las verdes praderías junto a sus cabritillas, “Niebla”, un san Bernardo, de esos que llevan un barrilito de brandy al cuello para auxiliar a excursionistas extraviados, sus amiguitos Pedrito y Clara, y el abuelito, dime tú. Tardé un tiempo en salir de mi error: “se llama Keidi”, me corrigieron. Y Keidi fue, que nadie lo dude, enseñoreándose del centro del campo, uno de los artífices del ascenso, una de las piedras angulares de las encadenadas victorias que nos regresaron a la máxima categoría.

Keidi es el Enver Hoxha de la medular. O el Skanderberg, héroe nacional albanés que, tras un período de servicio forzado bajo el yugo otomano, se rebeló contra el sultán y lideró la resistencia. Lo digo por si alguien tiene reparos, comprensibles, a la primera metáfora por dar cancha al tirano estalinista que, según es fama, mandó plantar bayonetas entre los viñedos de todo el país para impedir una hipotética invasión paracaidista urdida por las potencias occidentales.

Keidi no es un jugador elegante, no tiene en sus movimientos la plasticidad de un Moisés Arteaga, ni es un armario rocoso, una fuerza de la naturaleza, ni dispone de una técnica depurada. Nada de eso en grandes dosis, pero sí tiene de todo un poco. Es un jugador de pico y pala, incansable, peleón, todo pundonor, que se dice. Ni da una pelota por perdida, ni pierde muchos balones. Asiste a sus compañeros, aparece en el lugar más insospechado para obstaculizar el ataque rival o para recibir y aclarar el poblado ecosistema balompédico en la línea de medio campo y de tres cuartos. Suda la camiseta. Lo da todo y no se guarda nada para sí.

Y para mí tengo, criterio compartido por los otros dos integrantes de la peña ficticia, que esa fuerza, como el testamentario Sansón, reside en sus feos peinados. Luce en sus últimas comparecencias una suerte de “permanente” con ricitos que lo hace parecer un poco más alto. El riesgo reside en que, con un ricito de más a un lado, podría desequilibrarse y trompicarse, caer sobre el césped y perder el control del esférico. Ojito con los cortes de pelo, Keidi. Y una última y amistosa recomendación: cuídate de fichar como estilista al franco-congoleño Thievy Bifouma, que tan honda huella dejó en la hinchada perica.

¡Keidi Bare, selección… al-ba-ne-sa!… Ese es nuestro grito de guerra en la grada.


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