Decía Nick Hornby en su libro Fiebre en las Gradas, que hay personas que cuentan su vida por temporadas, en lugar de por años como hacen el resto de los mortales. Y, es que el fútbol como dijo Valdano: «es lo más importante de las cosas menos importantes». Tal vez sea esta iluminadora frase, lo único sensato que ha dicho el argentino que, por otro lado, se ha pasado la vida diciendo tonterías y sinsentidos como que Guardiola es un gran entrenador…

Esta semana hemos vivido un espantoso bochorno en cuanto al intento de ultraje al deporte que más nos gusta, como hasta ahora jamás habíamos visto. Habiendo visto ya de todo. El fútbol moderno al fin se ha quitado la careta. Los clubes grandes y poderosos han puesto sus cartas sobre la mesa ninguneando al resto de actores implicados en el continente europeo, ergo, a la nobleza del deporte rey y sus principios básicos de sacrificio, consecuencia: premio y recompensa.

No voy a entrar a valorar esa falacia idílica de “los pobres contra los ricos”  y, bla, bla, bla. El fútbol actual hace demasiadas temporadas que dejó de ser eso: fútbol puro. Ni lo volverá a ser jamás mientras los dineros de los derechos televisivos estén tan mal repartidos, siempre a favor de los ricos de forma descarada, gracias a los estamentos que hoy se tiran de los pelos con el proyecto de Florentino & Friends. La FIFA, la UEFA, LaLiga de Tebas, no son nadie para dar lecciones de ética y moral ni a un gusano patatero. Si algunos clubes hoy se sienten más poderosos que otros de una forma tan aplastante, es gracias a que ellos siempre les han bailado el agua y les han dado el dinero a espuertas, sin ningún principio de equidad a la vista, ni para disimular.

Esta desigualdad que arrastramos desde hace muchísimas temporadas es la que ha envalentonado a los clubes que pretendieron fundar la SuperLiga. Oligarcas rusos, dictadores árabes a los que queda mucho más cool llamar Jeques y hacer la vista gorda ante sus fragrantes faltas de respeto a los derechos humanos en sus países, millonarios yanquis que se están adueñando de La Premier League y solamente entienden el modelo NBA como negocio, porque, para ellos el deporte es un espectáculo comercial que nada tiene que ver con la idiosincrasia y los valores del fútbol que más nos gusta.

Mención aparte merecen Real Madrid y FC Barcelona, clubes que en teoría todavía son propiedad del socio con todas las ventajas fiscales que ello les sigue proporcionando. El papel de Florentino Pérez en esta historia está por ver cuál ha sido, o que pretendía en realidad. Se hace muy difícil creer que un hombre que ha ganado miles de millones fundando una potente empresa constructora y con su imagen de empresario modelo, sea tan torpe y chusquero como para perpetrar tal chapuza a los ojos de todo el mundo. A no ser claro, que haya perdido la cabeza a lo Miguel Bosé, cosa que por el momento no parecería. ¿Dónde está el Madrid del espíritu Juanito? ¿Y el de las mocitas madrileñas? ¿Es el mismo que el de la SuperLiga? Desde luego no…

Luego está lo de Laporta, que en menos de un mes de presidencia se ha convertido ya en el palmero oficial del Tito Floren. En su fiel escudero Sancho, siempre inseparable mientras su Quijote castizo y mesetario lucha solo y valeroso inconsciente contra los perversos molinos de viento en pleno delirio. ¿Este es el més que un club? ¿El de los valors de la Superliga?

Los aficionados ingleses que son los que más saben de los orígenes del fútbol y de su espíritu deportivo han estado a la altura del reto de una forma admirable, rauda y sin titubeos. Incluso, los seguidores de los clubes más poderosos metidos hasta las trancas en el meollo de la infamia que ya han abandonado el barco ante la presión social. Nobleza obliga al reconocimiento.

El fútbol no es vuestro: avaros y usureros. El fútbol, no es ni siquiera de los dueños de los clubes. Sin afición no sois nadie, ni nada. El fútbol es de los hinchas. Del padre que va hacer socio a su  vástago horas después de nacer, del abuelo que va en silla de ruedas al estadio aunque caigan chuzos de punta. De los jóvenes que pintan pancartas y diseñan tifos en sus horas libres. De los que van a recibir el autobús del equipo, de esa familia que se junta unida los domingos y se desplaza al estadio desde: Reus, Olot, Manresa o Cervera. Del que invade el césped gritando como un loco cuando clasificas para Europa. Del que derrama lágrimas de tristeza cuando su equipo desciende y vuelve a derramar las mismas lágrimas de alegría cuando asciende. El fútbol es nuestro y no podréis con nosotros, os tenemos vigilados.

Robert Hernando

Escritor perico y ex –consejero del RCD Espanyol

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